‘Valor de Ley’, nostalgia de la nostalgia

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Los motivos que pueden llevar a la recuperación del western a día de hoy entiendo que responden a la nostalgia de unos códigos y unas historias que dejaron de tener sentido cuando la mitología americana ya había alcanzado su cumbre en la ficción, primero televisiva y luego cinematográfica, con una época prolífica y dorada del western clásico y, posteriormente, con una etapa de gloriosos westerns crepusculares de la mano de John Ford, John Wayne, Sam Peckinpah y Clint Eastwood, quién cerró el telón del cine de vaqueros con la obra maestra que es Sin Perdón (Clint Eastwood, 1992).

Películas como Rápida y mortal (Sam Raimi, 1995), Appaloosa (Ed Harris, 2008) o el excelente remake de 3:10 to Yuma (James Mangold, 2008) funcionan (cada una con sus cualidades) por su profundo respeto y su sentido del homenaje al clasicismo de las películas del oeste, ya que recuperan la estructura formal de aquel cine de producción y consumo masivos, con la pureza que les otorga la reverencia libre de pretensiones.

True Grit (Valor de Ley), remake de la película homónima protagonizada por John Wayne en 1969, sin embargo, va un paso más allá, puesto que se trata de una revisión del western crepuscular, marcadamente manierista, que en mi opinión no dejó la puerta abierta a la nostalgia porque el western crepuscular en sí mismo ya es nostálgico por definición. Por esta razón, True Grit de los Coen deja de tener sentido ya desde su propia concepción.

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La aportación de los hermanos Coen al film original se reduce al cambio de punto de vista de la historia, centrado esta vez en el personaje de la niña, Mattie Ross (Hailee Stenfield), y no en el de Rooster Cogburn, el emblemático el cazarrecompensas borracho con un parche en el ojo que le valió un Oscar a John Wayne y que Jeff Bridges encarna con una sobreactuación de las que dejan atónito.

Vertebrar el relato entorno a la niña introduce un aire moralista a la película, ya que el tema de la venganza y sus consecuencias se coloca en primer plano en detrimento de la recuperación de valores (el “true grit” -auténticas agallas o verdadero valor-) y de identidad por parte del vaquero mermado e inmerso en una espiral de autodestrucción.

La lentitud y la docilidad de la película no casa con la rudeza de la historia, e incluso los particulares injertos humorísticos de los Coen resultan forzosos. No obstante, el indiscutible mérito de los hermanos en True Grit, la mayor cualidad de la película, es su impresionante belleza.

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El trabajo fotográfico a nivel compositivo y la elección de planos son excelentes, pero lo que resulta superlativo es el uso de la iluminación no casual, casi romántica, que recuerda irremediablemente a la de La Noche del Cazador (Charles Laughton, 1948), que convierte True Grit en una auténtica delicia visual.

Esta vez los hermanos Coen no han hecho valer su condición de grandes recicladores de géneros, puesto que su True Grit no termina de funcionar ni como homenaje, ni como revisión, ni como historia genuina. De todas forma no deja de ser una película notable, aunque desde luego tampoco es El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007).

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