Provincia de Huelva.-
“Las palabras abren puertas sobre el mar” (Rafael Alberti, poeta, escritor)
Desde que los medios de comunicación anunciaran el día, sábado 19 de marzo, cuando se produciría el fenómeno astronómico Perigeo Lunar, o como ha sido llamada la “SuperLuna”, inicié los preparativos para viajar hasta la zona costera de Huelva, concretamente a Punta Umbría. En este punto del litoral Atlántico y la costa de Cádiz eran los más sobresalientes de Andalucía para contemplar el suceso. Tuve suerte de encontrar alojamiento en primera línea de playa.
El día señalado amaneció claro y con un Sol radiante. El insólito hecho se convirtió en un suceso importante, desde primeras horas de la mañana un sinfín de personas se reunieron en la extensa playa, unos paseando, otros sentados plácidamente, los niños jugueteando en la arena y los más atrevidos se daban un chapuzón en el mar, intensamente azul. Todos estábamos expectantes ante la contemplación de la pleamar anunciada.
Decidí pasear por la orilla, como prevención no me descalcé las zapatillas deportivas. Observaba como la pleamar subía cada vez más y se iba apoderando del terreno arenoso. El mar fue arrojando todo aquello que reposaba en su fondo: grandes cantidades de restos de conchas de diversas especies, cristales de colores que un día fueron arrojados, y ahora, en su rodar por las profundidades se habían convertido en caprichosas formas. Largas tiras de algas se secaban al sol. Tampoco faltaron los desechos que los humanos arrojamos a este “improvisado basurero” y ahora nos devolvía para avergonzarnos del mal comportamiento.
El Sol se hallaba en su cenit y el calor se hacía sentir. A cada paso que avanzaba sentía como crujían las conchas bajo mis pies. Era agradable. Su sonido grave mezclado con el suave oleaje que, a su vez, traía más restos, luego eran arrastrados en su retirada, imaginaba las notas de un xilofón, disfrutaba de un imaginario concierto a orillas del mar {…Y el mar fue y le dio un nombre y un apellido, el viento y las nubes…} (Rafael Alberti, poeta)
Recordando mi niñez, intuitivamente, mis ojos escudriñaban con curiosidad la húmeda arena en busca de los brillantes restos de las conchas de nácar. Imaginaba que eran pequeños trozos de estrellas que una vez cayeron al mar y, ahora, nos devolvía como un pequeño tesoro. Un suave viento procedente de poniente refrescó el ambiente, percibía que una sutil capa salina se adhería a mi rostro.No sé cuantas veces me agaché. Al día siguiente me di cuenta de que fueron muchas.
El espectáculo de la pleamar había merecido la pena vivirlo. El avance había sido más que notorio.
La tarde era calurosa, el Sol aún estaba alto, y la brisa marina se agradecía. Comencé el paseo por la Ría de Punta Umbría, desde el Puerto de Pescadores hasta Punta de la Canaleta. Era sombrosa la bajamar que se estaba produciendo, por ambas orillas podía contemplarse un descenso de varios metros de su cota normal. La fuerte corriente buscaba la desembocadura al mar. Algunas embarcaciones de recreo que regresaban al puerto iban contracorrientes y avanzaban lentamente por la bocana.
Desde el espigón puede contemplar la extensa playa en bajamar, en ese momento calculé que, aproximadamente, unos 125-130 metros habían descendido las aguas de un mar en calma chicha. Comencé mi andadura por aquella extraña superficie. Pude observar, por primera vez en mi vida, algunos secretos del fondo marino: restos de plantas subacuáticas, extensas manchas de la especie fanerogamas, restos de esponjas, grandes madejas de verdes algas que despedían ese olor característico a mar; las burbujas que horadaban la dorada arena delataban a los escondidos erizos, navajas y coquinas. Un numeroso grupo de gaviotas se daban un opíparo banquete. Aunque calzada, metí mis pies en el mar e introduje mi colgante de Piedra de Luna en el agua, después volví a prenderlo en mi cuello hasta el nuevo ciclo lunar. Así cumplí mi pequeño ritual.
Aproximadamente a las 7.30 comenzó el Sol a descender, comenzaba el crepúsculo expandiendo sus tonos rojizos, anaranjados y amarillentos mezclándose entre sí produciendo un cielo espectacular a la vez que el mar recibía los destellos. Creo que, nunca estuve tanto tiempo mirando a través del objetivo de mi cámara, disparaba una y otra vez. Contemplaba ensimismada aquel atardecer tan hermoso hasta que el rey Sol desapareció tras el horizonte.
“La noche es bella, está desnuda, no tiene límites ni rejas” (José Hierro, poeta) Tan sólo unos minutos después – una intensa espera – el momento más importante fue cuando la “Gran Luna” rojiza se asomó por el horizonte. Me quedé atónita al ver su tamaño tan descomunal con relación a las casas en la lejanía, pensé lo insignificante que somos en este Universo que nos rodea. “La luna asombra mi vida como si fuera una ilusión (J. Ramón Jiménez, escritor y poeta)
Me pareció vivir momentos irreales, un sueño maravilloso que no quería interrumpir. No salía de mi asombro contemplando aquel maravilloso fenómeno astronómico: Perigeo Lunar. Mis retinas disfrutaron de aquellos momentos que han quedado archivado en mi mente y plasmado en fotografías. “La Luna, es como una flor en el alto arco del cielo, con deleite silencioso, se instala y sonríe en la noche” (William Blake, poeta y pintor)
Después comenzó su lenta ascensión hacia la bóveda del cielo y su color rojizo fue tornándose de una inmaculada blancura. Su brillante luz resplandecía como nunca, lo que hizo palidecer la visión de la mayoría de las estrellas.” A menudo pienso que la noche está más viva y más rica de colores que el día” (Vicent Van Gogh, pintor)
Pasada la medianoche, desde la ventana de mi habitación, pude contemplar la hermosura de esta “Super Luna” reflejando sus plateados destellos sobre las tranquilas aguas del mar.
Un 19 de marzo de 2.011 que ha pasado a formar parte de la historia de la Astronomía.