Temporada de fantasmas

fantasmas24.jpgEra inútil. Ordenaba los libros de la estantería por tamaños y no me parecía adecuado. Los alineaba por autores y tampoco resultaba. Me dejaba llevar por las sensaciones cromáticas de sus portadas, pero nada. Una vez dispuestos, siempre me quedaba esa sensación de fracaso. Hasta que un día cayó en mi manos un libro de microcuentos. Se llamaba ‘Temporada de fantasmas’ y lo había escrito Ana María Shua. Empecé a leerlo hace tres años y hoy, todavía no lo he acabado. Mejor dicho, no lo he podido acabar porque es inabarcable. Inacabable. Infinito.

Omnipresente. Sin duda, el mejor libro de microrrelatos que he tenido entre mis manos. Ciento veintisiete páginas y cien historias diferentes. A primera vista. A primera lectura. El problema (la virtud en este caso), es que estas microficciones no se dejan leer una sola vez. Es decir, que por lo menos se trata de un libro de doscientas cincuenta y cuatro páginas y doscientas historias. Y ni siquiera esto es cierto. Porque quien ha leído dos veces uno de estos microcuentos, ya ha sido poseído. Es fácil darse cuenta. Si a tus geranios les crecen extrañas tumoraciones de procaz apariencia, si el ruido de la nevera te hace pensar en elefantes marinos apareándose, si las cañería te hablan y sospechas hasta de la salsa de tomate, ya has caído.

Ya vamos por las trescientas ochenta y una páginas. Pongamos las quinientas ocho rápidamente. Pues el poseído, intrigado por esa intromisión en su cuerpo y en su mente, vuelve a tomar el libro y relee para racionalizar lo que no es posible. La magia, el enamoramiento, la chispa que enciende la risa inteligente.

Tengo debilidad por ‘Su viuda y su voz’ (melancolía que desarma), por ‘El hermano serpiente’ (esotéricamente divertido), por ‘Mirando enfermedades’ (un prodigio de juego), por ‘En la silla de ruedas’ (impactante) y por ‘Sueños de niños’ (triste sin paliativos). Los he vuelto a leer y ya son seiscientas treinta y cinco las páginas de ‘Temporada de fantasmas’. A menudo me he preguntado por qué me gustan tanto. Y creo que la respuesta es porque, sobre todo, los encuentro inteligentes y misteriosos. No exentos de ironía. Cuando leo no me gusta que me hagan llorar hurgando en mis básicas miserias, ni me gusta que me hagan reír como si me contaran un chiste.

Por supuesto, me gusta reír y a menudo, no me queda otro remedio que llorar. Pero esta escritora sabe transmitir esas emociones con un lenguaje preciso y hermoso, con una sutileza a mil años luz de la ñoñería y con una media sonrisa burlona que redime. Ana María Shua no me recuerda a Borges, ni a Cortázar, ni a Bioy Casares. Ana María Shua me recuerda a Ana María Shua. Dice Andrés Neuman que en las primeras líneas, un cuento se juega la vida y en las últimas, la resurrección.

Ana María Shua es sobre todo una maestra de las últimas líneas. De los finales. El caballo de batalla de todo cuentista. De un plumazo es capaz de convertir en montaña a la princesa, nuestro mundo en una maqueta, la anciana enferma en un ser abominable. De repente nos vemos arrastrados al ángulo más insospechado de la escena. Desde allí todo se ve distinto y lo más increíble, el caos ha desaparecido. El lector ha sido testigo de ese milagro. ¿Se puede pedir más?

Setecientos sesenta y dos, mil, diez mil milagros al precio de un librito liviano. Y no sólo eso. Sino que a mí me ha solucionado el problema de ordenar la estantería. Finalmente, he optado por una solución práctica. A un lado los libros que me llevaría a una isla desierta y al otro, los que no. A un lado ‘Temporada de fantasmas’ y al otro, el resto.

Ir arriba