En el corazón del bioma amazónico colombiano, Sandra Donado navega por el río Guaviare, cuya corriente refleja las huellas de un pasado tumultuoso. «¿Qué quiero que se lleve el río? La deforestación», expresa, mientras las gotas de una tormenta repentina caen sobre su canoa. Las aguas han sido testigos de la evolución del municipio de Mapiripán, que ha pasado de ser un centro de tráfico de fauna silvestre a un epicentro de cultivos de coca, marcando su historia con dolor y pérdida.
La comunidad de Mapiripán ha enfrentado un ciclo interminable de conflicto y deterioro ambiental. Antaño famoso por su comercio ilegal de pieles, el municipio se convirtió en un campo de batalla debido a la llegada de grupos armados, lo que llevó a la devastación de su entorno natural. Sandra, atraída por la promesa de prosperidad en la década de 2000, recuerda cómo muchos se vieron atrapados en la falsa bonanza del narcotráfico. «Hubo una bonanza económica», afirma, «pero era por los cultivos ilícitos; no había otra manera de sobrevivir».
Años después de la firma del Acuerdo de Paz en 2016, el regreso a una vida normal se presentó como un desafío. Las tierras, marcadas por el conflicto, se encontraban desgastadas y apenas podían sustentar a sus habitantes. A pesar de ello, algunos, como Marco Tulio López, se vieron forzados a recurrir a la ganadería, lo que implicó más deforestación. «Deforestábamos 15 o 20 hectáreas con nuestras propias manos para el ganado», cuenta, subrayando que lo hacían no por desprecio a la biodiversidad, sino por necesidad.
Las cosas se complicaron aún más cuando nuevos colonos llegaron a la región, arrasando tierras a una escala alarmante. «Se metieron al centro, al ojo de la montaña, y sin respeto alguno por las cuencas de agua», denuncia Sandra, preocupada por las evidentes consecuencias climáticas. «Fue entonces cuando empezamos a sentir el calor y a notar el cambio en el clima».
Sin embargo, la comunidad ha comenzado a ver señales de esperanza. Con la implementación de GCF-Visión Amazonía, un proyecto respaldado por la FAO, los habitantes están aprendiendo a equilibrar la producción agrícola y la conservación del entorno. Se están promoviendo prácticas agroforestales que integran la agricultura con la silvicultura, lo que no solo combate la deforestación, sino que también mejora la calidad de vida de los pobladores.
Sandra Vanegas, técnica de mercados de la FAO, explica que este enfoque ayuda a las familias a generar ingresos a través de proyectos asociativos mientras se asegura la conservación de los bosques. «Estamos promoviendo huertos agroforestales donde puedan producir alimentos para su propio consumo», indica. Marco, por su parte, manifiesta su entusiasmo por las nuevas estrategias de ganadería sostenible que han aprendido. «Antes no sabíamos que no necesitábamos una gran extensión de pastos para que nuestras vacas tuvieran una buena alimentación».
La formación ha empoderado a los líderes comunitarios, que ahora abogan por la protección del bosque a través de la asociación AGROSIARE. Un objetivo ambicioso es plantar y comercializar el árbol de Cacay, una especie nativa conocida por su fruto nutritivo. Con el impulso de estas capacitaciones, la comunidad está decidida a asegurar la sostenibilidad de su entorno.
En un contexto de crisis climática, la iniciativa GCF-Visión Amazonía inspira a muchos a creer que es posible lograr un futuro donde la naturaleza y la comunidad prosperen juntas. «Si el bosque prospera, y nosotros prosperamos, los animales también lo harán», resume Sandra, subrayando el lazo inseparable entre el bienestar humano y la salud del planeta.
Fuente: ONU últimas noticias