¿Qué inventan los escritores?

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Debajo de mi casa, en un barrizal entre el bloque del edificio y el tiovivo infantil, vive un hombre con su perra en un motocarro. La perra le protege y le da calor las noches de invierno. La perra se llama Ludi. «Ludi viene de lúdica», me contó él un día. Él no sé cómo se llama, pero sé que es un personaje literario. No sé quién estaba escribiéndolo una noche.

El caso es que cuando el escritor regresó del baño, se encontró con el folio en blanco y la ventana abierta. Su personaje se había escapado. Y es que existe gente tan novelesca que no se resiste a ser atrapada por veintiocho caracteres. Por el contrario, a veces, cuando leemos, nos sorprende encontrarnos con descripciones de personajes que nos resultan tan vívidas y tan precisas que nos sobrecogen. “¡Qué capacidad de observación!», nos admiramos. “¡Yo conozco a un tipo igual!”, nos sorprendemos. Y sin embargo, queridos amigos, todo es una trampa.

Lo descubrí leyendo a Flannery O’Connor, una maestra en revelar las flaquezas y las heridas del género humano. Su relato ‘El pelapatatas’ comienza así: “Hazel Motes caminaba por la zona del centro, cerca de las fachadas de las tiendas, pero sin mirarlas. Iba con el cuello estirado hacia delante, como si quisiera oler una cosa que le alejaran continuamente de la nariz”. Magnífico. No tengo ni idea de cómo continúa la historia porque siempre, en cuanto llego allí, me quedo extasiada. “Como si quisiera oler una cosa que le alejaran continuamente de la nariz”, dice Flannery.

Y yo ya la estoy viendo cruzar la Calle Preciados con toda nítidez. Sé exactamente cómo anda, su estado de ánimo, su actitud ante la vida, su concepción de sí misma… Vamos, que estoy por invitarla a un helado con la seguridad de que sabré escoger su sabor preferido. Así que cierro el libro y me lanzo a la ciudad en busca de Hazel Motes. Esa muchacha que camina con el cuello estirado hacia delante. Porque esa muchacha, sin duda, existe. Porque los escritores no inventan nada. Los escritores toman prestado de la realidad. Eso es todo.

Y subo Preciados y bajo a Sol y al final, pico y me compro un jersey que no necesito de tanto mirar escaparates ante los que aparezca Hazel Motes. No dejo de mirar. Hay chicas que caminan con los hombros encogidos, hay colegialas que bromean y se dan empujoncitos, hay mujeres que simulan interés en un microondas mientras contemplan su decrepitud en los cristales. Pero aquella joven que iba como si quisiera oler una cosa que le alejaran continuamente de la nariz no aparece. De verdad, me dan ganas de saltar a la acera con una sardina podrida y colocarla delante de las caras de las transeúntes a ver si logro el efecto. Por supuesto, me resisto.

Anochece. Cierran la terraza en la que pretendía invitar a Hazel Motes y vuelvo a casa decepcionada, intranquila e incluso un poco enfadada. ¿Así que Hazel Motes no existe? ¿Así que nadie anda de esa forma? ¿Así que es Flannery O’Connor quien ha creado esa forma de caminar? ¿Así que los escritores se lo inventan todo? “Menuda estafa”, le cuento al dueño de Ludi mientras comemos unos helados.

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