A parte de la no promoción de TVE de nuestro segundo deporte nacional (debería ser el primero), puede haber algunos pequeños factores que perjudiquen en el seguimiento televisivo de los partidos de baloncesto:
- Los encuentros de basket tienen muchas pausas. No sucede como en partidos de rugby o fútbol sala donde el balón no se está quieto un segundo. Sobre todo en el rugby, donde a pesar de ser un deporte marginal en nuestro país (¡qué desgracia!) y que la mayoría del público no tiene ni idea de las reglas; tiene enganche. Es puro espectáculo porque es un toma y daca continuo. Además, no sé porqué todos los entrenadores tienen el síndrome mundialista de utilizar muchos jugadores en poco tiempo, lo que hace aún más pausado el encuentro.
- No engancha a los que no tienen ni pajolera idea. Mucha gente tras el tirón del campeonato del mundo, ve tíos en tirantes intentando meter el balón dentro de un aro y enseguida dejan el canal sintonizado. Pero en cuanto pasan unos minutos y ven que no se enteran porqué el juego está parado, o porqué los jugadores se quedan esperando a que uno de ellos anote desde unos cinco metros… cambia de canal al instante.
- Hace falta tiempo muerto para insertar publicidad. En medio del encuentro no se suele anunciar ninguna empresa o producto, deben esperar a que un entrenador pida tiempo muerto. Además, sólo disponen de dos escasos minutos para insertar tu anuncio; lo que provoca que se repitan constantemente los dos, tres mismos spots.
- Romay no, por favor. Fernando Romay es para el baloncesto lo que Julio Salinas en el fútbol (o Míchel en su mejor época), un pésimo comentarista. Me pregunto: ¿No habrá jóvenes periodistas, o entendidos del baloncesto que hagan mejor su labor que este gallego? Porque no sale de los comentarios eludiendo a la cabeza y el culo de los pívots, no va más allá.
¿Cuándo dejará la sociedad de ser ciega y sorda? ¿Cuándo llegará el día que el baloncesto esté donde se merece? Para ello, jugadores y periodistas debemos ir de la mano, no por separado. El éxito deportivo tiene que llegar acompañado de una ola de «protesta», de un empuje de aquellos que trabajen en los medios (que ya está cuajando) y todo saldrá hacia delante.
Porque sencillamente, los miles de aficionados que llenan cada fin de semana los pabellones, ni los otros tantos que echan sus pachangas en la cancha de su barrio, no pueden estar equivocados. Un atisbo de esperanza: las cada vez más numerosas páginas que se dedican al deporte de la canasta en los periódicos deportivos, algo que personalmente no esperaba tan pronto.