Qué duda cabe que recorrer los lugares de origen de los autores que con sus escritos nos han hecho felices una y otra vez, es un placer. La imaginación vuela y lo vemos recorrer el barrio donde representó sus obras: hablo de Shakespeare y de Londres.

Pero hay otras pisadas, otras huellas; son las de aquellos escritores que encontramos en el camino a través de otras obras de arte.
Yo supe de John Donne por una película Amar la vidadonde Emma Thompson encarna a la perfección a Vivian Bearing, profesora de literatura que dedicó gran parte de su vida a desentrañar punto por punto las ideas contenidas en Los sonetos sacrosque Donne compuso poco después de la muerte de su esposa entre 1617 y 1618:

“Muerte, no te enorgullezcas,

no te creas poderosa y temible,

puesto que nada de eso eres,

porque a todos aquellos a los que creíste abatir no murieron.

Triste muerte, ni a mí podrás abatir

… Muerte, no te enorgullezcas…

tras un breve sueño, despertaremos a la vida eterna.

Muerte, morirás”.

El chispazo de sus versos hizo que entonces lo buscara y guardara el archivo celosamente.

Según dicen los expertos John Donne dedicó las palabras más sabias y precisas a explicar el sentido de la muerte. Donne ejercitó una casuística de los éxtasis, placeres y dolores del cuerpo arrebatado por el amor humano y por el amor divino: de algún modo, materializó los estados espirituales. La crítica señaló que esa dialéctica era resultado tanto de una vida sacudida por notables cambios como de una situación histórica de alta movilidad.

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Donne oscilaba entre una formación escolástica y la nueva filosofía del humanismo y se permitía combinar el racionalismo analítico con los grandes dramas del arte del morir medieval. El Renacimiento y la Reforma hicieron de su mente un campo de batalla apuntó Mario Praz, profundo conocedor de la literatura inglesa.

El escritor estadounidense Ernest Hemingway escribió una novela titulada Por quién doblan las campanas, que se desarrolla durante la Guerra Civil española. Hemingway tomó el título de un famoso sermón de Donne:

¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de t
us amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Y fue sin salir de Londres, visitando la catedral de San Pablo me encontré de pronto ante la efigie del poeta John Donne envuelto en su sudario. Fue la única estatua de la Catedral que quedó ilesa después del Gran Incendio. El gran poeta, ya enfermo, se envolvió en una mortaja atado de pies y cabeza y con los ojos cerrados posó para un retrato que dio origen a la escultura.

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Cómo explicar, al hallarla, la sensación del descubrimiento, ese hilo conductor que, en un ir y venir, nos devuelve el chispazo y la sorpresa del primer instante ahora palpable. Son esas pisadas las que atravesamos en el estudio de lo que nos atrae, las mismas que llevan a esa cumbre imaginaria, no importa que ésta haya sido descubierta antes por otras personas; esas pisadas son las mías o las tuyas y es tu conquista, has llegado hasta el autor o su representación y ese momento de placer es sólo tuyo.

  • Isabel, descubrí esa emoción paseando por París, sin buscar, cuando encontré la casa donde había vivido Descartes. 🙂

  • Marissa Tamayo

    Yo también ví la película “Amar la Vida”, y Emma Thompson actúa muy bien, como siempre. No he leído la poesía de John Donne, pero me gustaron los trozos que aparecen en tu post.

  • Ramon Ocampo

    Isabel, hermoso post.

    Esos encuentros en diferido también me resultan especialmente amados. Mozart en Salzburgo, Kafka en Praga, Gaudi y Picasso en “Els quatre gats”, aquí en Barcelona… pero el que más impacto dejo en mi fue el encuentro no con la casa de un autor, sino con su parte de su obra: los cuadros de gran formato de Toulouse-Lautrec en el Museo Orsay de París, no pude (ni quise) evitar echarme allí mismo a llorar, al frente de una belleza tal… IN-OL-VI-DA-BLE

  • Lore Beltza

    Hola, Isabel

    es verdad, esos “chispazos” que comentas, momentos tan especiales, únicos, y que tanto placer nos generan… me ha gustado mucho tu post. Gracias a ti, me he acercado un poquito a John Done, los “Sonetos sacros” y el sermón que nos citas… me han puesto los pelos de punta!

  • Isabel Mallen

    Me alegra saber que habéis experimentado sensaciones parecidas. Admirar lo bello es provocador y dices bien Ramón, incluso se puede llorar de belleza. Tuve la suerte de visitar Albi, la ciudad natal de Toulouse Lautrec donde después de muerto, casi a los 36 años, su madre inauguró su museo. Allí me quedé prendada de un autorretrato suyo y otro con la cabeza de un caballo, para mí la mejor de todos los que he visto.

  • Ana alvea

    Muy conmovedor tu artículo, Isabel, a mí me ocurrió al contemplar los cuadros de Van Gogh . No conozco la poesía de Jhon Donne, desde luego los versos que resaltas me parecen preciosos. Sí comentar, para que veas lo arbitrario de la literatura, que quien promocionó a Donne y lo sacó del olvido ( a él y a los poetas metafísicos del Siglo XVIII) fue el poeta contemporáneo Eliot, en su labor de crítico literario, quien lo restablece en el canon. Esto no le resta desde luego valor.

  • Elisa I. Mellado

    Dice un refrán: más vale tarde que nunca. Tu post me ha encantado por que he comprendido perfectamente tu reacción, esos momentos indescriptibles que se experimenta cuando algo sorprendente pasa por nuestro lado, o somos tocado por una varita mágica que hace que nuestros sentimientos y emociones más profundos se cimbrean al sentir su toque. Por unos instantes nos percatamos de esa magia que irradia en ciertos lugares donde se contempla algo especial e involuntariamente te envuelve. Durante mis viajes, a mi me ha ocurrido con frecuencia, y cuando he “salido del trance” me he hartado de llorar. Es una sensación placentera e inolvidable.

  • vir

    Y ahora, más tarde todavía, he disfrutado con todo lo que cuentas y calcaría íntegramente a Elisa, ya que están suficientemente bién explicados, los sentimientos y emociones que ciertas situaciones, cosas, lugares, pueden suscitar.
    También buscaré algo de John Donne.