Paseando por el estudio de Giacometti

El Centro Pompidou de París ofrece hasta el 11 de febrero una exposición retrospectiva del artista suizo Alberto Giacometti (1901-1966). Esta muestra, realizada en colaboración con la Fundación Alberto y Annette Giacometti, presenta el trabajo del escultor bajo unos criterios didácticos que tratan de poner en valor los presupuestos estéticos existentes en su obra a través del análisis del propio proceso creativo.

Giacometti en su estudio

 

La figuras de Giacometti desprenden un aroma teológico, una devoción por el análisis de una realidad que recrea. Como un dios; el artista trabaja la materia, modela su producto y construye unas formas que más tarde dotará de energía a través del fluído vital en el que se transmaterializa el bronce. Sin embargo, lejos queda aquel concepto de la creación ideal a manos de un Demiurgo; ahora el artista abandona toda pretensión de perfección, de originalidad creadora, de divinidad. Por el contrario , descubrimos en él un comportamiento reflexivo ante una realidad circundante que llena de misticismo como si de un chamán se tratase. De este modo, Giacometti dota de alma a unos personajes que luchan por permanecer en un universo en el que todo se agota ante el inexorable paso del tiempo. Es precisamente en este punto en el que el artista rompe con la tradición académica, que se basaba en alcanzar un ideal que ya vivía en la propia materia prima y que el artista solamente debía configurar; el escultor ahora otorga vida a unos personajes caducos, matéricos, anclados en un espacio destructivo del que son incapaces de huir.

 

Hombre caminando. Bronce. 1947

 

Esta ruptura con el academicismo escultórico se apoya en la propia plasticidad de sus personajes, los cuales aparecen como dibujos tridimensionales en el espacio, como bocetos completados por la acción de una luz que contribuye a la ebullición vital de la materia y que revelan esa primera formación artística heredada del Post-impresionismo y del Fauvismo. Son precisamente las calidades táctiles quienes infunden energía a unas figuras encerradas en rígidas composiciones geométricas que se solapan a un hieratismo evocador del mundo egipcio, con el que comparte un mismo fin: la eternidad. Sin embargo, la eternidad como objetivo no se busca como en la antigua civilización para perpetuar el espíritu, la muerte… los habitantes del universo de Giacometti tratan de huir de ese fatal y agonico destino, de la fugacidad de la vida y permanecer eternamente en un mundo sensible, matérico; un mundo al que pertenecen de una manera orgánica y en el que hay una búsqueda por definirse dentro del mismo. Existe así en el conjunto de sus personajes una búsqueda de la esencia, de lo primario, de lo definitorio, de lo básico, de la idea que es en este caso el propio organismo caduco, el cual se ve representado a través de unas líneas esquemáticas que recuerdan al arte de las culturas primitivas; a ese arte que evidencia la relación del hombre y su universo; a ese arte que tanto había fascinado a los integrantes de la Escuela de París.

 

La muestra del Pompidou ofrece esto y mucho más, va más allá y define totalmente al artista, al creador. Analiza de este modo el mundo mágico existente en un taller en el que tanto influyeron los movimientos de vanguardia que, como el Cubismo, París albergaba en la primera mitad del siglo. Su paso por el Surrealismo así lo manifiesta; y de ello son producto un conjunto de obras en las que se puede observar un interés por los elementos que caracterizaban a los seguidores de Breton. Se observa así un interés por el mundo onírico, el ensamblaje y la metáfora, que acaba por componer todo un código sígnico en el que hay prácticamente una pérdida total de referente.

 

Un punto interesantísimo de este recorrido por el savoir faire de Giacometti se presenta en el análisis que el artista hace ante la cabeza humana. Se produce en este modo una bifurcación, una doble búsqueda: la del fondo y la forma. A través de los retratos que realiza de su hermano Diego y de su mujer Annette, observamos este doble interés, este debate entre la representación meramente formal, anatómica y llena de una diginidad fría propia del busto de la escultura romana, y una introspección en la psicología del modelo, cuya expresividad gira en torno a unos ojos alrededor de los cuales gravita toda la estructura de la cabeza.

Lotar 1. Bronce. 1957-1958

 

Por todo ello, la recreación del estudio propuesta en el Pompidou nos conduce a un diálogo continuo con el universo creativo del autor y su obsesión por representar su percepción de la realidad de la forma más perfecta.

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