Un niño le pregunta a Whitman:
-¿Qué es la hierba?. Y el poeta no puede responder
-Yo tampoco lo sé, -dice.
Pero esto estimula al poeta para lanzarse a una serie de símiles con el enigmático título “Hojas de hierba” donde, Walt Whitman, combina la hoja, aceptación homérica de la brevedad de la vida individual, con la imagen de que toda la carne, como la hierba, dura dolorosamente poco.
Para encontrarle a Whitman un equivalente estético occidental debemos remontarnos a Goethe, Blake, Wordsworth, Hölderlin, Shelley y Keats.
En palabras de Harold Bloom no hay nada tan intenso, sublime, y directo en la segunda mitad del siglo XIX, exceptuando a Emily Dickinson.
No obstante, es un poeta difícil, hermético y elitista. Divide su ser en tres: el yo, el “yo real” o “mi mismo” y el alma. Esta cartografía física es altamente original, y difícil de asimilar al modelo freudiano o a cualquier otro mapa de la mente. Por alma, Whitman entiende el carácter o ethos en oposición al yo, que él concibe como personalidad o pathos. El carácter actúa, pero la personalidad sufre.
El sufrimiento era una de las causas principales que indujeron a escribir a Emily Dickinson.
La religión norteamericana de Ralph Waldo Emerson, triunfa en ambos, aunque de forma diferente.
Emerson enseña la autoconfianza: “No te busques fuera de ti”, Whitman, en “Canto a mi mismo” es una consecuencia directa de esa exhortación.
Dickinson, que era una ironista formidable, había leído “Experiencia” el ensayo de Emerson, y esta es su irónica y amable respuesta al planteamiento inicial de Emerson: ¿Dónde nos encontramos?
Anduve de tabla en tabla con paso lento y prudente
sentía en derredor las estrellas, en torno a mis pies mar.
Sabía que quizá la siguiente fuera la pisada final
y anduve con ese precario paso
que algunos llaman experiencia.
Emily Dickinson nos educa para pensar con más sutileza. Hay que leerla preparada para luchar con su originalidad, pero la recompensa es única, aunque no exenta de dificultad. Lo que sus críticos siempre subestiman es su asombrosa complejidad intelectual.
Lo pensó todo de nuevo por si misma y ningún lugar común sobrevive a sus apropiaciones; lo que ella no rebautiza o redefine, lo revisa hasta que lo deja difícilmente reconocible.
Emerson instaba al poeta a despojar de nombre a las cosas y volverlas a nombrar. Dickinson no sólo dejó sin nombre a sus propios poemas, sino que de una manera sublime y provocativa despojó de nombre incluso a los espacios en blanco. El principal componente de su originalidad literaria es la manera en que piensa a través de sus poemas y exige una participación tan activa, por parte del lector, que es mejor tener un día lúcido para comprenderla.
Si esto se consigue debe ser lo más parecido a una conquista. Os dejo con el poema 1109, compuesto alrededor de 1867:
Estoy preparada para ellos –
busco lo Oscuro
hasta que estoy completamente preparada.
Es una labor sobria.