Los agujeros

thumb_guatemala16.jpgMe encantan las zanjas, los hoyos, las excavaciones y los boquetes madrileños. Adoro sortearlos y adoro detenerme en sus orillas para respirar su aroma húmedo de profundidades, desagües y misterio.
Es cierto que antes los odiaba tanto como vosotros. Que no hace mucho tiempo, los encontraba tan inoportunos, tan molestos, tan sucios, tan humo, tan hollín y tan grava que me daban ganas de lanzarme a uno de ellos y desaparecer. Pero todo cambió desde que me topé con mi primer agujero de ficción literaria. ‘El agujero’ de Ricardo Sanz comienza así: «El agujero cogió su maleta, metió en ella bien dobladita su capa negra […] y se fue a esperar la llegada del tren«.
Se trataba de un agujero viajero que se ponía y se quitaba su capa oscura cuando a él le daba la gana. Una maravilla. Un prodigio de personificación que me llevó a buscar otros agujeros con los que confraternizar. Así conocí ‘La Teoría del hueco’, de Eloy Tizón. Esta vez el protagonista es un pobre hombre que sólo encuentra sentido a su vida haciendo agujeros y más agujeros. Su lectura fue tan reveladora que no sólo me reconcilió con ciertas cavidades sino también con ciertos alcaldes.
‘El agujero negro’ de José María Merino que aspiraba todo lo que le rodeaba, me lanzó hacia otro agujero aún más inquietante que es ‘El pozo’ de Sergi Pàmies en el que nunca se acaba de tocar fondo. Creo que éste fue el punto de inflexión. Ambas lecturas despertaron en mí un hondo respeto hacia los hoyos contra los que antes despotricaba e incluso, escupía.
Tal veneración que durante esa época, os juro que sentía impulsos de arrodillarme y santiguarme ante el operario que trituraba los adoquines con su martillo hidráulico. Menos mal que apareció en mi auxilio ‘El agujero en el puente’, de Slawomir Mrozek, en el que ninguno de los dos pueblos rivales quiere hacerse cargo de la reparación de un boquete que se ha abierto en el puente que los une. Una historia irónica y mordaz. Porque también hay agujeros irónicos y mordaces. Melancólicos y tímidos. Procaces y agresivos. En serio. No hay dos agujeros iguales ni en los muebles desmontados de Ikea.
Por eso merece la pena leer todos estos cuentos. Os llevará poco tiempo y a partir de entonces, podréis disfrutar de maravillosos paseos por el centro y las afueras de vuestras ciudades. El agujero es uno de los grandes temas de la literatura universal. No lo olvidéis la próxima vez que uno de ellos se interponga en vuestro camino. Observadlo, escuchadlo, sentidlo… Los hombres que espían las excavaciones detrás de las vallas no son simples jubilados como nos quieren hacer creer. En realidad son gente muy leída. Sabios, diría yo. Colocaos a su lado y mirad hacia allá abajo. Más al fondo todavía. Tranquilamente.

P.D: Por favor, si conocéis más agujeros literarios, decídmelo. Mil gracias.

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