Lo que nos da miedo (V): Esos locos bajitos

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Suele ser habitual que aparezcan niños protagonizando películas de terror y suspense, ya que ellos son la mayor expresión de la indefensión y la vulnerabilidad ante las atrocidades que el fantasma, demonio o psicópata de turno pueda tener en mente. No obstante, esta inocencia infantil tan explotada como vehículo empático y de énfasis del horror, también se ha utilizado en varias ocasiones como fuente del mal en el cine de terror.

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En Lo que nos da miedo IV ya hablamos de algunas películas con niños diabólicos emblemáticos del género como Damien (La Profecía), Carrie (Carrie) o Regan (El Exorcista), los tres portadores del mal en alguna forma u otra, aunque son un ejemplo reducido de lo terribles que pueden llegar a ser estos locos bajitos, cuya trayectoria criminal ficticia vamos a repasar a continuación.

El historial terrorífico de los chavales no siempre puede excusarse con un ente maligno apoderándose de su cuerpo para sembrar el mal, ya que muchas veces el lado oscuro simplemente surge y convierte a los chiquillos en monstruos de forma prematura. Es el clásico interrogante de si el mal nace o se hace, que ha dado bastante juego a los directores y guionistas para contar sus historias de terror.

La Mala Semilla (Mervin Leroy, 1956) es seguramente uno de los primeros films enfocados de este modo. En esta película, una serie de accidentes, entre ellos un fallecimiento, empiezan a ocurrir sucesivamente entorno a Rhoda, una niña de 10 años que no es tan dulce como aparenta.

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En esta línea también va El Buen Hijo (Joseph Ruben, 1993), un poco más reciente, protagonizada por Macaulay Culkin y Elijah Wood. En esta ocasión es Henry (Macaulay Culkin) el que desempeña el papel de chico modélico con una faceta oculta de perturbado psicópata. Sin ser gran cosa, la película se sufre de lo lindo, la madre que interpreta Wendy Crewson es muy creíble y el clímax final es tan intenso que compensa la previsibilidad y la falta de originalidad de la película.

Quizá la mejor película, para mí, de subgénero “niño perverso” es El Otro (Robert Mulligan, 1972). El Otro es un auténtico clásico del cine de terror con un guión formidable, de estos que tanto se extrañan hoy en día, a cargo del propio Tom Tryon, el autor de la novela en la que se basa la película. Como os recomiendo que la busquéis y la veáis no voy a airear ningún spoiler, pero sí que os voy a decir que la premisa de El Otro es la clásica del gemelo bueno y el gemelo malo.

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Dejamos ya los niños que trabajan solos y vamos a por los que se divierten en grupo, normalmente en lugares alejados de la civilización para que sus crímenes permanezcan ocultos a los ojos del mundo a la vez que se revelan como una terrorífica sorpresa por las almas en pena que pasan por allí.

Quizá la primera película que os ha venido a muchos a la cabeza es Los chicos del maíz (Fritz Kierch, 1984), en la que unos niños rinden una especie de culto religioso a una deidad de un campo de maíz, que les obliga a sacrificar (bastante cruelmente) a todo aquel que sea mayor de 18 años. Los chicos del maíz, protagonizada por la única e irrepetible Sarah Connor en Terminator, Linda Hamilton; es una película de culto de la serie B, que ha sobrevivido al paso de los años y a un séquito de secuelas infames que no han podido desvirtuar la original.

Con los mismos tintes siniestros y puede que un toque más superlativo de horror, encontramos la cinta española ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez, 1976). En la susodicha, una pareja extranjera viaja a una isla sólo habitada por niños pérfidos que por un motivo jamás explicado contraen una especie de locura asesina.

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¿Quién puede matar a un niño? es una de las películas de terror más aplaudidas de la historia del cine español, con secuencias que todavía hoy resultan estremecedoras (la más impresionante, sin duda, la de la madre asesinada por su propio bebé que todavía se está gestando en su útero).

Otra película bizarra del género bien recordada es Beware! Children at playing (Mik Cribben, 1989), en la que unos niños se vuelven zombies caníbales y asesinan y devoran a los adultos de su pueblo, aunque en esta ocasión tenemos una causa: un adolescente perturbado que les lava el cerebro.

De todas estas películas ha mamado, y mucho, la reciente The Children (Tom Shankland, 2008), película presentada en Sitges hace un par de años y fue bastante aplaudida, más por la buena factura técnica y narrativa del film que por la genuinidad de la propuesta.

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El punto de partida es una cena navideña entre familias amigas que termina en masacre cortesía de los niños. Tom Shankland demuestra saber con lo que trabaja, y a pesar de recurrir mucho al tópico hay escenas que le encogen el corazón a uno. Además, se atreve a ir un poco más allá en el tema “niños infectados”, lo que también es de agradecer.

Nos acercamos al final con una de mis películas favoritas de esta rama infantil del cine de terror y uno de los films más emblemáticos del género. Hablamos de El Pueblo de los Malditos (Wolf Rilla, 1960), remakeado y homenajeado magníficamente por John Carpenter en 1995, con su película protagonizada por Christopher Reeve.

El Pueblo de los Malditos es una estupenda película de género que se desenvuelve a la perfección tanto en la vertiente psicológica del horror como en el terror explícito. Temáticas como la inocencia aparente, la autoinmolación, la dominación, los poderes telequinéticos o la invasión alienígena bailan alegremente y en comunión en este film (hablo del de Carpenter) maravillosamente caracterizado.

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No le tiembla el pulso a Carpenter al estilar su homenaje en los aires sesenteros originales, aunque quizá abusa un pelín demasiado de la pulcritud en detrimento de un gore más explícito y gamberro, seguramente más adecuado para los tiempos que corrían.

Puede que actualmente el tema de los niños perversos ya esté un poco gastado, pero películas de reciente actualidad, del año pasado concretamente, como La Huérfana (Jaume Collet-Serra, 2009), Expediente 39 (Christian Alvar, 2009) o la extraordinaria La Cinta Blanca (Michael Haneke, 2009) devuelven a los niños, de una forma u otra, al primer plano del cine de terror y suspense, demostrando que los chiquitines todavía tienen cuerda para rato en esto de derramar sangre.

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Aquí termina este quinto volumen de repaso a la historia del cine de terror, con este capítulo especial para que cuando veáis un pequeño diablo pegar un inocente arañazo, os lo penséis dos veces antes de sentenciar con “esto son cosas de críos”. El cine os ha avisado.