Un atardecer en el sur de Ucrania, donde la guerra ha dejado huellas imborrables, Maryna recuerda el momento en que su vida cambió radicalmente. Un grupo de hombres armados irrumpió en su casa, y sin posibilidad de refugio, se vio forzada a enfrentar una experiencia aterradora. «En cuanto abrí la puerta, me golpeó en la cara con la culata de su fusil», narra, con una voz temblorosa. El impacto le rompió los dientes y cubrió su rostro de sangre; ese fue solo el inicio de un episodio de agresiones, intimidación y violencia sexual que le dejaron una profunda cicatriz emocional.
Antes de la invasión rusa a gran escala en 2022, Maryna se remonta a tiempos de tranquilidad en su vida como maestra. Recuerda cómo solía calmar a quienes la rodeaban al asegurar que no habría una guerra, que solo se tratarían de provocaciones. Sin embargo, esa ilusión se esfumó rápidamente a medida que los soldados rusos comenzaron a merodear su vecindario. «Los observábamos con terror, viéndolos ir casa por casa, saqueando y ejerciendo su crueldad», cuenta con angustia.
El día 12 de julio, en la festividad de los santos Pedro y Pablo, se convirtió en un hito de desesperación. «Recordaré ese día hasta mi último aliento, porque fue cuando sufrí en carne propia», relata sobre el momento en que su hogar se convirtió en un escenario de horror. La agresión fue brutal; la hirieron física y psicológicamente. Después de experimentar la tortura durante un tiempo que parece interminable, Maryna se vio obligada a esconderse en sótanos y cocinas de casas abandonadas, donde luchó por sobrevivir sin agua ni electricidad, cuidando de no ser descubierta.
Logró escapar de Jersón gracias a un convoy humanitario, pero no sin llevar consigo las secuelas de su experiencia. Al llegar a territorio ucraniano, se arrodilló y besó el suelo, agradecida de haber dejado atrás el horror. Exámenes médicos revelaron que tenía costillas rotas y lesiones tras las agresiones sufridas. Con el apoyo de la ONU y diversas organizaciones no gubernamentales, inició su proceso de recuperación.
Hoy, Maryna se ha convertido en una voz activa en la lucha por los derechos de las sobrevivientes de violencia sexual en conflictos. Siente la urgente necesidad de que sus historias sean escuchadas y que las víctimas reciban el reconocimiento y la rehabilitación que merecen. «Es un crimen terrible, un crimen contra la humanidad. Quiero paz para que en ningún lugar del mundo nadie sufra un horror así», afirma con determinación.
Su experiencia refleja el sufrimiento de numerosas mujeres que han enfrentado situaciones similares, y subraya la importancia de un apoyo adecuado, que contemple los traumas específicos que estas personas han soportado. Las redes de apoyo, así como el reconocimiento de la lucha contra la violencia de género en tiempos de guerra, son fundamentales para ayudar a las sobrevivientes a reconstruir no solo sus vidas, sino también a sus comunidades, lejos de la amenaza de revictimización. Las cicatrices invisibles pueden tardar toda una vida en sanar, y es necesario proporcionar un entorno seguro para que las experiencias puedan ser compartidas sin miedo a represalias.
Fuente: ONU últimas noticias