La Saga Crepúsculo: Supernova

La Saga Crepúsculo: Supernova 9

La tercera entrega de los vampiros de pega no es otra cosa que la continuación del tedio que sólo funcionaba y despertaba cierto interés en la primera entrega, la única más o menos potable. En Eclipse la customización del mito vampírico para un público muy concreto se convierte en una sodomía absoluta, dañina e implacable de éste y con el añadido de que la historia de amor no avanza y por consiguiente no despierta ni el más mínimo interés.

Está claro que yo no formo parte del target específico de la película porque no me burbujean los fluidos cuando Edward y Bella se besan o cuando Jacob aparece sin camiseta, lo que sin duda es el atractivo principal y lo que vende en este panfleto del amor imposible. Porque es lo que hay, una piedra de río que no se mueve y se va erosionando cuando le pasa el agua por encima, cambiando en este caso el agua por los minutos de metraje.

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El tercer capítulo gira entorno a Bella y su decisión: ¿me convierto o no en vampira?¿Quiero más al frío no-muerto o al ardiente perrito?, interrogantes resueltos en el primer minuto si no es que se habían resuelto ya en Luna Nueva. Por esto ver Eclipse es como dar vueltas en una rotonda durante dos interminables horas, un aburrimiento espectacular que sólo da un poco de tregua cuando se anima la funcion con un baile de hostias final que está bastante bien resuelto, siendo el único tramo de la película en el que se nota la mano de David Slade (Hard Candy, 30 días de oscuridad) quien todavía no entiendo como se dejó engañar para dirigir este pitote.

Lo que está claro es que Eclipse muestra señales de agotamiento porque no hay intención de contar un relato tras la historia de amor. La venganza de Victoria y la conspiración de los Volturi es pura paja llevada sin ningún tipo de intención narrativa, cuando debería ser el pilar principal para enganchar al público al que le importa tres pepinos que los chavales se quieran y se rocen.

De todos modos, lo que más llama la atención de Eclipse son sus numerosos paréntesis autorreferenciales llenos de autoparodia, conseguidos con más gusto que fortuna porque, la verdad, tienen su gracia y su coña, pero lo único que consiguen es que uno no se pueda tomar en serio un producto ya de por sí endeble y vacío, muerto como una estrella que ya no da más de sí y se convierte en supernova.

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