La gigantomaquia

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La gigantomaquia 7
Como todos tenemos derecho a tener un momento friki, voy a acogerme al mismo para comentar una película que vi de adolescente en una de aquellas maravillosas sesiones dobles del cine de mi barrio.

Se trata de La Batalla de los Simios Gigantes (1966) dirigida por el realizador japonés Ishiro Honda. Lo primero que me gustaría señalar es que este director tenía una no desdeñable carrera a sus espaldas como director de películas «serias»(dramas bélicos o románticos) hasta que en el año 1954 escribe y dirige un film que le encasillaría en un género para siempre, el kaiju eiga o cine de monstruos; me estoy refiriendo a ese gran clásico del cine fántastico que es Godzilla por supuesto. Incluso, no estaría de más indicar que Ishiro también fue director auxiliar del gran Akira Kurosawa en varios de sus filmes: Ran, Kagemusha, Los sueños… con el cual le vinculaba una relación de amistad de muchos años.

El éxito de Godzilla hizo que, sin dejar de filmar un cine más convencional, se volcara en un género que reinventó y que dado los éxitos de taquilla que le proporcionaba, pues claro, le daba de comer y continuó haciéndolo. Vamos lo que en el gremio se llama películas alimenticias.

Un viaje en 1946 a Hiroshima, lugar donde fue arrojada la primera bomba atómica por los EE UU durante la Segunda Guerra Mundial, le impresiona tanto a Honda que decide llevar todo ese horror a alguna de sus películas. De ahí nace Godzilla, pero también todo el cine de monstruos atómicos o radioactivos. Esta película es un poco distinta y no suele ser considerada dentro de la serie de Godzilla, pero dado que es de monstruos y de Honda tiene sentido relacionarla con las otras. Y sobre todo porque también acaban arrasando Japón a mamporro limpio.

La gigantomaquia 8

El argumento es, como en muchas otras del género, sencillamente delirante. No me gustaría contar mucho, pero nada más empezar, así por las buenas, un pulpo gigante ataca a un barco pesquero… Hay una suerte de maniqueísmo planteado como una lucha entre el bien y el mal, que en realidad acaba en tablas, pues el espectador al final no sabe si triunfa uno u otro (bueno en la versión americana gana el bueno, ya sabemos, los americanos siempre tan moralistas). Hay momentos desbarrantes como aquel en que se presenta a un profesor universitario (Russ Tamblyn estrella crepuscular del cine americano que siempre asociaré a su personaje del benjamín de Siete Novias para Siete Hermanos) como un «especialista en simios gigantes» vamos, me quedo sin palabras… momentos tiernos, como cuando uno de los gargantuélicos simios salva a la chica protagonista o solidarios como cuando un simio socorre al otro de los ataques de los humanos; pobrecito mío, si él supiera que se trata en realidad de su hijo por mor de un dislate argumental que explica su existencia como una especie de generación espontánea…

Destacan las maquetas, las miniaturas, del aeropuerto de Tokio del creador de efectos esfeciales Eiji Tsuburaya. En realidad lo que sorprende -dada la época- es la cuidada reproducción tanto de la ciudad de Tokio como de los bosques de las zonas montañosas de Japón. Entonces no había ordenadores (qué plaga para el cine) sino mucho trabajo meticuloso y cuatro trucos fotográficos.

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Espero que se comprenda que este film visto por un adolescente a finales de los años setenta, es decir yo, en pantalla grande y a oscuras -que es como hay que ver el cine- tuvo que impactarme porque cualquiera que lo viese así quedaría impactado, lo garantizo. Es una lástima que ahora solamente se pueda disfrutar de películas así en dvd; algo es algo.

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