La encarnación de un disco duro

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Me consta que esta película ha perturbado los sueños de más de una niña nacida en la segunda mitad de los años setenta. Y no porque se trate de una historia terrorífica, ni tampoco sangrienta o que cause miedo, sino porque resulta, en conjunto, una apuesta por una idea -aunque muy antigua- inquietante y sobrecogedora: las máquinas que se revelan contra sus creadores, es decir, los hombres.

Dirigida por Donald Cammell, un escocés que apenas rodó cinco películas antes de suicidarse, entre ellas su debut Performance (protagonizada por Mick Jaegger) codirigida con Nicholas Roeg, de quien ya comentamos aquí El Hombre que cayó a la Tierra. Cammell aceptó el ofrecimiento de MGM de dirigir la adaptación de la novela de Dean Koontz en que se basa el guión, y que Brian de Palma había rechazado.

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A medio camino de 2001: una Odisea Espacial de Arthur C. Clarke-Stanley Kubrick ¿no se parece demasiado el computador que piensa por sí mismo Proteus a HAL, el computador que se revela a los tripulantes de la nave Discovery? y de La Semilla del Diablo de Roman Polanski, ese embarazo diabólico… lo cierto es que se hace un poco larga y carece de brillantez, tanto por las imágenes, como por la dirección y el guión. Sin embargo, la mayor virtud -quizás la única- estriba en el tema que plantea, que, como dije, es viejo, pero cada generación que pasa vuelve a estar más presente. Así, «yo soy la razón» dice Proteus, y quién sabe si algún día no muy lejano nuestros robots, nuestros ordenadores nos lo dirán ya no hablando, sino a gritos, cuando sea demasiado tarde.

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Capítulo aparte merece la interpretación de la actriz inglesa Julie Christie, una belleza de la época. Siempre me gustó esta mujer, convincente en este filme, en su papel de mujer secuestrada y preñada por un «perverso» ente informático. No exento de cierto erotismo su rol, nos muestra su desnudez en un par de secuencias, en las que al público se le invita a ser tan voyeur como Proteus, dueño de la casa. Es en estos momentos cuando me doy cuenta de lo que ha cambiado el concepto de belleza femenina: Julie Christie es delgaducha, con la piel clara y casi sin pecho. En la actualidad la hubiera protagonizado una voluptuosa mujer, llena de tatuajes, con los morros como para tocar la trompa y unas tetas con dispositivo antigravedad incorporado de más de 110.

Como soy también músico, pues me he fijado, como de costumbre, en la banda sonora. En este caso compuesta por Jerry Fielding, inspirándose en la música concreta e interpretada por Ian Underwood, teclista que fue de Frank Zappa. No está mal.

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