La curiosidad, el estímulo de la lectura

La curiosidad, el estímulo de la lectura 7 

Independientemente del tema que tratemos,  del género que elijamos o incluso del contenido de la historia en sí, nuestra forma de narrarla debe seducir al lector, engancharle en la lectura.  Y la mejor manera de conseguirlo es despertando su curiosidad.  

Según  E.M. Forster, la historia –a la que definió como el organismo literario más primitivo y más elemental- solamente puede tener un mérito:   el conseguir que el público quiera saber qué ocurre después. Y pone como ejemplo el caso de Sherezade, que “aunque era una gran novelista, exquisita en sus descripciones, prudente en sus juicios, ingeniosa para narrar incidentes, avanzada en su moral, elocuente en la caracterización de sus personajes y experta conocedora de tres capitales de Oriente, no recurrió a ninguna de estas dotes al intentar salvar la vida ante su intolerable marido.  No eran más que un elemento secundario.  Si sobrevivió fue gracias a que se las compuso para que el rey se preguntara siempre qué ocurriría a continuación”.  

Todos nosotros, como el marido de Sherezade, leemos una narración porque queremos saber qué va a pasar con éste o aquel personaje, si el chico conquistará a la chica, si el hombre de negocios se hará rico o renunciará a todo y se retirará al campo.  Por lo tanto, la historia debe crear en la mente del lector unas preguntas (explícitas o implícitas) a las que luego deberá responder.  De hecho, el conflicto, ese hecho desequilibrador que enfrenta a los personajes a una situación nueva o inquietante y los obliga a buscar soluciones y a tomar decisiones, desencadenante y motor de la historia, lleva en sí una pregunta implícita: ¿Conseguirá el héroe su propósito?  

La curiosidad, el estímulo de la lectura 8Esta sencilla pregunta, que puede adoptar diversas formas (¿Conseguirá D’Artagnan recuperar los herretes de diamantes?  ¿Lograrán Jim Hawkins y sus compañeros hacerse con el tesoro escondido de los piratas?  ¿Podrán casarse y vivir felices Romeo y Julieta?),  pero a la que siempre se contesta con un sí o con un no, da lugar a la llamada estructura dramática, la más simple que pueden adoptar las historias y también la más común.  Hay también otras muchas historias en las que la respuesta a esa pregunta implícita es una frase. En ellas, al lector le faltan datos sobre el conflicto inicial y quiere averiguarlos;  el ejemplo más típico es cualquier novela policíaca, en la que al lector se le presenta un crimen y quiere saber quién es el asesino.  Este tipo de preguntas dan lugar a la estructura de misterio, básicamente similar a la dramática aunque con algunas peculiaridades.  

Tanto en uno como en otro caso,  la pregunta planteada en el conflicto inicial es la principal de la narración, la más importante, y su respuesta debe darse en el desenlace.  Sin embargo, la historia no se reduce al conflicto y su resolución, sino que debe tener una extensión tal que permita el desarrollo de ese conflicto, con expresión de las circunstancias que lo rodean, de las decisiones que adopta el protagonista y de su evolución hacia ese cambio irreversible necesario en toda historia que se precie, por lo tanto es fácil que el lector tenga la impresión de que no se está enterando de nada,  se impaciente y acabe por aburrirse.  Para evitarlo, lo mejor es plantear otras preguntas secundarias que podemos ir contestando poco a poco, a medida que desarrollamos la historia

No es preciso que todas las preguntas secundarias aparezcan en el conflicto inicial, al contrario, lo conveniente es que a medida que avanza la acción se contesten unas preguntas y aparezcan otras nuevas. De esta forma conseguimos calmar la impaciencia del lector y a la vez renovar su curiosidad.  Eso sí, al llegar al desenlace, debemos dar respuesta a la pregunta principal y a todas aquellas secundarias a las que hasta entonces no habíamos dado contestación. 

 Las preguntas que hemos planteado en el texto, implícitas o explícitas, generan en el lector unas expectativas que no debemos defraudar.  De lo contrario, la historia no cumpliría esa función de satisfacción emocional que le es propia y el lector se sentiría decepcionado.  En resumen:  Nuestra narración no le gustaría.

Ir arriba