Hace bien poco, aquí mismo, escribía sobre la legendaria noche de 1816 en Villa Diodati (Suiza) en que surgió el mito de Frankenstein, de la cabecita de una joven de dieciocho años llamada Mary Shelley. Continuando con el tema -porque me apasiona- emprendo la tarea de comentar una conocida película, de entre las muchas que se han rodado, cuyo argumento está basado en la fascinante novela.
A principios de los años noventa, Coppola, que pasaba un mal momento financiero, dirige una adaptación de la novela de terror Drácula de Bram Stoker, que se convertirá en un gran éxito. Esta circunstancia provocó que se produjeran algunos filmes más, tomando como pretexto, al igual que la adaptación de Drácula, libros clásicos con la intención de ser fieles al original. La verdad es que ya iba siendo hora porque tanto a Frankenstein, como a Drácula y demás engendros literarios, los ha tratado siempre bastante mal el arte del celuloide.
Será el propio Coppola el que en 1994 produzca la versión que dirige e interpreta Kenneth Branagh y que se titulará Frankestein de Mary Shelley indicando ya en el propio título que por primera vez se va a seguir el argumento original de la soberbia novela gótica. Sin embargo, esto no es del todo así, porque, supongo que por concesiones al mercado y a un público facilón, se modifican varias cosas, que no son precisamente pequeños detalles, incluido el final.
Así, en el largometraje -por ejemplo- no se respeta que sea narrada la historia, por medio del diario del marino Robert Walton de forma epistolar con su hermana Margaret; que luego sea el propio Frankenstein el que tome el protagonismo en el relato y que finalmente sea la propia criatura la que acabe de contarlo todo. Criatura que, por cierto, en el texto de Mary Shelley (no en el film) aprende a leer e incluso frecuenta clásicos del calibre de El Paraíso Perdido de Milton, las Vidas Paralelas de Plutarco y Las penas del joven Werther de Goethe; ahí es nada: ¡y yo que pensé durante muchos años de mi vida que la criatura era imbécil tal y como fue reflejado siempre en el cine!
Lo peor es que el final no coincide con el libro de Mary shelley y, Frankenstein, acaba creando una compañera para la criatura (en el libro jamás se la llama «monstruo» por cierto) a quien rechazará, tal y como sucedía en el film de 1935 de James Whale La novia de Frankenstein. Con lo cual, la pretendida fidelidad al relato primigenio, no lo es tanto, y termina por afectar a la película.
Con todo, es de agradecer el intento pese a lo poco creíbles que resultan algunos actores; empezando por Robert de Niro que encarna a la criatura y más parece un ganster de tres al cuarto, con la cara cosida por cicatrices de reyertas callejeras, que un ser con humanos sentimientos y con lecturas edificantes a su espalda; y, terminando por el siempre excesivo actor, y director, Kenneth Branagh, cuya interpretación en la secuencia de la creación de la criatura, con el pelo alocado al viento y marcando adbominales de gimnasio pijo, raya en la caricatura y en la ridiculez más irrisoria.
Y no quiero seguir, porque voy a acabar por destrozar la peli y tampoco quiero que parezca que es un horror, que no lo es, ni mucho menos.