El centenario de Onetti, que nació el 1 de julio de hace un siglo en Montevideo, Uruguay, da la oportunidad de que se conozcan más facetas de este autor calificado como  «el gran maestro secreto de la literatura latinoamericana» y también el «primer novelista moderno en lengua castellana», según la definición de Mario Vargas Llosa, que recientemente le dedicó el imprescindible ensayo El viaje a la ficción.

Hablar de Juan Carlos Onetti es recordarlo como abandonado en una cama, una década dicen que estuvo, y los cinco o seis últimos años de su vida vuelto hacia la pared, ignorando la luz de la calle y las plantas que dispuso Dolly, su mujer, en el balcón de su casa.

No obstante, los numerosos artículos que con ocasión del centenario se publican hablan también de que este ser más bien huraño, que se escabullía del mundo y de sus ruidos, era un tipo divertido. Le gustaba jugar con los niños y con los perros, se retrataba disparando revólveres de juguetes, se reía de los otros pero ante todo de sí mismo, y hacía chistes y bromas siempre que le daba la gana.

Onetti vino a España, exiliado, en 1975, con su mujer, a quien todo el mundo llama Dolly y que afirma de su marido: «era un humorista, su sarcasmo partía de sí mismo y se proyectaba en los demás y en sus libros, pero sobre todo en sus artículos, perseguía aquella tristeza repentinamente perfecta, pero se reservaba el humor para los suyos«. Habla así de él en esta celeración: «Juan no está sólo en mi recuerdo, sino en cada instante de mi vida, como una fuerza que ejerce sobre mí su influencia, con plena complicidad. Tengo la suerte de recibir sus mensajes cuando vuelvo a leer con mayor conocimiento sus textos y encuentro alguna sorpresiva anotación en los márgenes. Y también al oír los sinceros elogios de sus lectores, el Club de los Fanáticos, como yo misma los he apodado«.

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Y una se pregunta cómo llevaría esta mujer ese enclaustramiento de su marido porque, sin duda, debería ser una «convivencia compleja». Elena Hevia habla sobre esto en el Periódico.com:

dolly-muhrDorothea (Dolly) Muhr, 84 años plenos de energía, violinista de profesión, cuarta esposa del escritor, con la que compartió casi medio siglo de convivencia, está en Madrid para evocarle.

No quiere hablar de las confesiones que le hizo a Vargas Llosa acerca de la dificultad de vivir con un hombre tan bohemio y mujeriego, ella que pasó todas sus novelas a máquina y le cuidó con mimo maternal cuando el escritor en los últimos años de su vida apenas salía de la cama sin habérsele declarado una enfermedad concreta. «No hubo sacrificios pues yo fui siempre feliz a su lado y, por ejemplo, sus aventuras con otras mujeres siempre me las contaba», dijo. Pero sí admite algún que otro momento de desamparo:

«Para él la vida era la literatura, si no leía, escribía. En esos momentos en los que nadie podía importunarle yo me sentía como un maldito fantasma porque yo soy real, pero para él lo más importante era el mundo que creaba en sus libros».

José Donoso en el prólogo de «El Astillero», quizás el libro por el que jóvenes de otra generación más puedan conocer a Onetti, justifica el porqué no fue premiado en un principio:

«Es muy probable que los premios literarios hayan sido creados por algún demiurgo sarcástico para subrayar la carcajada con que el tiempo se venga de las certidumbres. Quizás las novelas no sean buenas o malas porque se inscriban o dejen de inscribirse en una tradición, ni sean grandes porque culminen en algo. La calidad es siempre solitaria, no relativa. De aquí la falacia de los premios.

El Astillero es una novela inmensa no porque pertenezca al verdadero o falso boom, no porque acerque y aclare una realidad latinoamericana, no porque sea una metáfora para la sórdida incertidumbre del ser humano. Creo que El Astillero es grande porque su mundo abierto pero sofocante nos convence de la existencia de su tiempo y sus fluctuaciones, porque la forma magistralmente ensamblada de los distintos planos ilumina fondos y más fondos dentro de la novela misma, que surge, finalmente, como causa y efecto, como principio y fin de sí misma y nos alumbra la inteligencia y nos aguza la emoción al no darnos soluciones, sino proponernos una encadenación de preguntas«.

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No es un lectura cómoda y no sólo por el tema de degradación que inunda la novela.

Pero la buena literatura exige esfuerzo y es imposible no admirar como Onetti crea una frase; pienso al leerlo, que la mastica como si de un chicle se tratara: le quita todo el dulce, la amasa, la estira, le insufla su aliento y se convierte en un globo sin fisuras, todo lo contrario del mundo en que transcurre la novela. Un mundo que por su ingravidez recuerda el de Pedro Páramo, el libro que escribió Juan Rulfo, otro Juan  magistral.  Es también una novela actual porque pone en evidencia el derrumbe a que conduce la ambicion y la falta de escrúpulos y, a veces, parecen párrafos de noticias recientes.