Puedo imaginarte, escribiéndole a tu amiga una carta larga, emotiva, con frases bellísimas y entre todas las confidencias; una dolorosa y especial, un secreto, porque sólo se dice a quien va dirigida la carta.
Puedo imaginarte a ti, mujer de Julio Cortázar, es más, cierro los ojos y te veo, Carol Dunlop, escribiéndole a tu amiga servia Silvia Monrós-Stojakovic, una carta que recibió y contestó, pero que tú no llegaste a leer.
Pero, ¿puedo imaginaros a los tres, si viviérais, enfadados porque se han aireado vuestros secretos?
No lo sé, sólo puedo decir que leyendo una de cuatro de las cartas que ahora se publican, he sentido un profundo respeto. Me parecía que, al leer esas cartas, violaba tres intimidades y he sentido ganas de disculparme por introducirme en vuestras vidas.
La muerte siempre sorprende sin haber puesto en orden nuestras vidas. No obstante, aunque no sorprenda, puede que esa ingesta tarea de ordenar, quemar o archivar todo los papeles, como sería todo lo que Julio dejó, hace que luego sea otro el destino que se da a todo lo escrito que, probablemente, algunos escritores desean.
Sin olvidar a los herederos y el beneficio económico que estas publicaciones póstumas les aportan.
Ayer el diario El País anunciaba la publicación de estas cartas, una de ellas escrita mientras escribían su último libro juntos.