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«Hijos de puta»


Matrimonio a la italiana: la sociedad napolitana -italiana- después de la Segunda Guerra Mundial, pasa ante el punto de mira de Vittorio de Sica: apunta, dispara y hace blanco en el primer tiro. Porque la comedia, que tiene mucho de drama, pero de drama a la italiana, donde las desgracias tienen siempre un lado jocoso, retrata perfectamente las relaciones humanas, y los tipos sociales en las que éstas suceden, y, así entre risas y bromas y situaciones cómicas, pasa ante nuestros ojos el drama de la vida de los años inmediatamente posteriores al la tragedia bélica más grande del siglo XX.

El guión está elaborado tomando como punto de partida la exitosa obra teatral,  Filumena Marturano del escritor italiano Eduardo de Filippo. Terminada en 1946, es llevada a la pantalla por vez primera por el propio autor, en el año 1951, con otros actores.

En la trama, sorprende el punto de vista tan femenino, tan feminista, que nos atrapa pronto y enseguida simpatizamos con la protagonista y su lucha por lograr un respeto social y personal, dado su pasado. La doble moral de una época -bueno de todas épocas- es criticada sin que nos demos cuenta, es decir, con sutilidad y sensatez; de tal modo que, hasta el antipático personaje que interpreta Mastroianni, no deja de conseguir la complicidad y simpatía de espectador, pese a que nos demos cuenta que es un egoísta irremediable.

Eduardo de Filippo, al escribir la obra, también quería criticar el hábito social de la Italia de aquellos años, de colocar a cada hijo en un oficio de porvenir. Así, los hijos debían ser una de estas tres cosas: comerciante, empleado en una empresa o intelectual (en este último caso se nos insinua en el film que es la peor opción, la que condena al estudioso a la pobreza).

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El film de Vittorio de Sica está impregnado de todo esto. Aunque al director se le recuerda como uno de los más destacados del Neorrealismo italiano -ese movimiento de cineastas amantes del naturalismo, como sus vecinos franceses de la Nouvelle Vague- sin embargo, en esta ocasión trabaja con dos de sus actores fetiche: Sophia Loren y Marcello Mastronianni, que no eran precisamente unos desconocidos, ni tampoco unos advenedizos. Sophia está espectacular en todos los sentidos y no hay escena en que no brille, aunque esté fregando el suelo, o besando apasionadamente o discutiendo con su amante. Y Marcello por supuesto impecable, como hombre elegante y adinerado, y mezquino y avaro a la vez. Muy bien dirigidos por De Sica, que saca lo mejor de ellos en un guión realmente bueno, lleno de matices. Vamos, miel sobre hojuelas que se dice…

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