‘Furia Ciega’, un mono con una escopeta

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Ver Furia Ciega tiene que ser parecido a ver un vídeo de un mono con una escopeta, una cosa anárquica y tonta que tiene gracia porque lo hace un mono. Cambiemos al susodicho mono por Nicolas Cage y su cada vez más incomprensible melena, el vídeo por una película de presupuesto elevado y ya tenemos esta petardada de filme para amantes del cine fast food y nostálgicos del Grindhouse.

Se trata de una producción que intenta rememorar el cine de serie B de los 50, un alarde de violencia, sexo, coches, humor escatológico y ramalazos fantásticos sin más objetivos que la diversión sin concesiones que posiblemente hubiera sido mucho más afortunada como fake tráiler de la sesión doble de Quentin Tarantino y Robert Rodríguez.

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Lo único que se puede tomar en serio de esta película es su pacto de sangre con el gamberrismo y el cine basura, algo que todos los implicados entienden a la perfección. El director Patrick Lussier ya es alguien que ha ligado su carrera al remake y a la secuela de películas de terror chusco, y a los actores les basta con hacer un poco el payaso y cobrar el cheque (y William Fitchner está genial a pesar de eso), así que rasgarse las vestiduras con los defectos de Furia Ciega sería regocijarse en el martirio.

Por esto, la decisión más sabia es abordar esta película con bote de palomitas en mano y entregarse al exceso de esta película que suma lo mejor de Shoot ‘em up y lo peor de Ghost Rider. No es lo mismo reírse con una película que reírse de ella, y en el caso de Furia Ciega tiramos más hacia lo segundo, pero en todo caso pasar un buen rato con ella no es difícil.

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