Estoy de acuerdo con los autores que califican el teatro de Samuel Beckett de existencialista. Su teatro del absurdo, como se llamó a una serie de obras estrenadas en Paris en los años 50 y representado por Ionesco, Adamov o en España Arrabal, entre otros, se empapa de la filosofía existencialista que arrasó Europa tras la Segunda Guerra Mundial, algunos cotan más y ramifican dentro del existencialismo, la filosofía absurdista de Camus. Si el sentido de la vida brilla por su ausencia y no hay razón de ser ni de existir, si se derriba de su pedestal a la madre lógica,todo se tiñe de absurdo con un estilo cómico que invita a la sonrisa en las ruinas de la existencia.

Esperando a Godot es una obra sencilla que consta de tan sólo dos actos, paralelos, repetitivos, cíclicos. El inicio es semejante, también el paisaje en ambos, la misma situación de espera, incluso gestos, movimientos, situaciones y conversaciones son recurrentes en los personajes. La nada fluyendo en la escena, donde por inercia- o esfuerzo por vivir- se reitera y reitera, sin saber qué hacer en ese hueco de tiempo sin trayectoria, porque toda acción es fatua, inútil, vacía.

El escenario, un paisaje desnudo, ya nos transmite cierta desolación. Los protagonistas, Vladimir (Didi) y Estragon ( Gogo) parecen vagabundos, seres desahuciados, frágiles y disparatados. Se inspiran los autores de este teatro en el cine cómico, y nuestros dos protagonistas nos recuerdan a la pareja de El gordo y el flaco. Ambos tienen necesidad del otro pero también piensan que están mejor solos. Hay desacuerdos, se riñen, pelean, pero no se separan, expresándose igualmente afecto y ternura. El otro, su camarada y amigo, es lo único que parecen poseer, e igual que se agarran a la vida, también se arraigan en el otro.

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El diálogo se presenta incoherente , incongruente; o bien no se contestan, o no se escuchan, falta la continuidad lógica en la comunicación, reflejando de este modo la incomunicación del ser humano, la soledad, matizado con una ironía que suaviza el trasfondo. En medio de esa maraña de palabras sin fondo, o situaciones sorprendentes, aparecen frases lúcidas, desesperanzadoras.

No hay nada que hacer, la frase inicial, nos indica cómo sienten que no hay solución en sus vidas, o ellos no la encuentran, salvo esperar a Godot, que parece ser la salvación, una salvación que siempre se retarda para el día siguiente y que nunca llega. En esa espera “siempre encontramos alguna cosa que nos produce la sensación de existir”, pero resultan iniciativas carentes de significados, “¿Acaso duermo en este instante? Mañana, cuando crea despertar, ¿qué diré acerca de este día?… A caballo entre la tumba y un parto difícil…El aire está lleno de nuestros gritos. Pero la costumbre ensordece.”

Aparecen también es escena dos personajes, Pozzo, quien parece simbolizar la clase dominante, poderosa, explotadora; y su viejo criado Lucky, a quien lleva atado de una cuerda y trata de modo déspota.

En el segundo acto, a simple vista nada ocurre, pero ya lo dijo Heráclito “nadie se baña dos veces en el mismo río” y se constata una progresiva degradación en los personajes y acentuación de la violencia, desesperación, hastío, mostrada con mayor crudeza. El final del primer acto, paralelo al segundo, clava a los personajes en un inmovilismo asentado por la costumbre o por el afán de vivir, a pesar de todo, que hace suponer al lector, vuelta a empezar.

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A pesar de su carga pesimista disfrutarán con la maestría de convertir lo trágico en cómico, dejando al desnudo a nuestros dos desamparados amigos en un mundo hostil, cuyas peripecias, no falto de ternura, os conquistará. En pleno teatro del absurdo ¿simbolizaría Beckett con esta espera sin fin, tal vez, a la propia esperanza?