Esmeralda la Zíngara: inocencia y juventud

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El director alemán William Dieterle firmó muchas películas a lo largo de su carrera; varias dedicadas a personajes históricos como el médico francés Louis Pasteur o el escritor también francés Emile Zola, e incluso una dedicada nada menos que a Omar Khayyan el poeta, matemático y filósofo persa. En sus inicios también trabajó con una jovencita  Marlene Dietrich y posteriormente con lo más granado del cine norteamericano: Rita Hayworth, Ginger Rogers o Elizabeth Taylor. Sin embargo, la historia del séptimo arte le recordará por una sola película The Hunchback of Nôtre-Dame de 1939, que en España se estrenó con el título de Esmeralda la Zíngara.

Los papeles principales los interpretan Maureen O’ Hara y Charles Laughton, que venían de rodar La posada de Jamaica de Alfred Hitchcock, ya comentada aquí por mi, y, de hecho, fue gracias a la recomendación de Laughton, que debió haberse sentido muy cómodo trabajando con ella, como la O’ Hara consiguió el papel de Esmeralda.

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Debo reconocer que de Víctor Hugo, el gran escritor del romanticismo francés, apenas si he leído algunos poemas, y por lo tanto, no he metido mis narices entre las páginas de Nuestra Señora de París o Los Miserables, sus obras magnas. Así pues, ignoro si Hugo tenía alguna intención política (bueno sí que sé que fue diputado demócrata de 1848 a 1851 y que fue desterrado) cuando ideó y redactó en 1830 el novelón en que está basado este film, pero desde luego, de lo que no tengo ninguna duda, una vez visto el mismo, es de que Dieterle sí que tenía preocupaciones políticas y sobre todo, ideológicas.

Tanto es así que la seductora Esmeralda-Maureen apenas queda convertida en un títere al servicio de una trama tensa y turbadora, en donde las fuerzas sociales «medievales» conviven en un desequilibrio que puede estallar -y de hecho estalla- en cualquier momento. De un lado la Monarquía, de otro el clero, la nobleza, el pueblo llano e incluso las minorías raciales extranjeras. Ante este panorama revolucionario y cambiante, uno esperaría un final más drástico, más espectacular, pero la verdad es que todo acaba de un modo un poco decepcionante, y al final todo queda en su sitio. Es decir, todo queda tal y como estaba al principio y no hay revolución político-social ninguna, y se conforma la película con hacer que el malo pague su culpa y todos tan contentos.

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Curioso. Hay que tener en cuenta que el mismo año de producción del film, acaba la Guerra Civil española y estalla la Segunda Guerra Mundial. Precisamente, guerras en las que ya no se combatían los países (o los bandos) por un trozo de tierra o para expoliar la despensa del vecino, sino porque las ideologías políticas estaban enfrentadas. Lástima que fuera del cine no se le pueda hacer pagar al malo sus crímenes y luego todos tan amigos. Para eso haría falta que sólo hubiera un malo, pero eso es imposible, hay muchos y se reproducen como setas a lo largo de la historia.

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