Bueno es que en un blog sobre literatura hablemos de este oficio.

Imaginemos por ejemplo ¿qué sería la historia de la filosofía sin la traducción?. El desconocimiento que supondría que sus autores hubieran permanecido aislados en el marco de sus lenguas de origen.

Incluso acercarnos a una traducción con algún que otro desacierto es preferible al total desconocimiento de una obra capital.

 El oficio del traductor es, por lo general, mal remunerado y peor reconocido. Es bastante reciente la fecha en que se comenzó a ubicar en la portada interior de los libros el nombre del traductor, con el del autor. Un acto de elemental justicia.

La tarea de “decir lo mismo en otra lengua” es muy compleja, tanto que Umberto Eco apostilla esa definición en un volumen recién aparecido bajo el título: Decir casi lo mismo. En ese “casiestá el meollo de las disputas para teóricos y críticos. Pero ese casi no existe en un trabajo que linda por el norte con casi la creación literaria y por el sur con el servicio a una industria que se rige por criterios económicos: la industria editorial.

Según la Asociación de traductoresasí como los buenos autores enriquecen su propia lengua con aportes significativos desde el punto de vista del estilo, la creación de imágenes, la renovación –incluso– de la sintaxis, el traductor es también un “creador de lengua”, ya que aporta con la calidad de su trabajo nuevas inflexiones al idioma y, por tanto, su obra ingresa en el acervo común que permite estudiar la evolución, el dinamismo, y hasta la dialéctica entre los usos orales y el registro de las variaciones que se producen en las formas escritas”.

Por tanto es lógico dignificar este oficio, comunicar no sólo los buenos resultados, sino también los errores o flojeras en la tarea de traducir porque, aunque algunos aseguren que no se tardará en recurrir a herramientas automáticas, este oficio necesita un especial cariño por parte de quien lo ejerce.

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No siempre debe ser fácil encontrar equivalencias exactas con las palabras o fórmulas del texto original. Me imagino que esta labor artesanal la seguirá haciendo aquel lector enamorado y obsesivo que se proponga traspasar el nivel superficial de la lectura para ir accediendo, poco a poco, a las distintas capas que conforman un texto.

 Cuando se observan los descuidos del empleo de nuestra lengua en la TV, le damos más importancia aún, si cabe, de la que tienen las palabras y la traducción es, en si misma, un pretexto para reflexionar sobre la diversidad de lenguas y culturas.

  • Como curiosidad, en Filología Inglesa nos enseñaron que las palabras “traductor” y “traidor” eran en latín la misma: traditor. Y es verdad que es casi inevitable cambiar el original, aunque a veces sí es evitable…

    Como anécdota, me compré los “Sonetos” de Shakespeare en su edición bilingue; en uno de ellos, el autor usaba el adjetivo “red” (“rojo”) tres veces a lo largo del poema. Sin embargo, en la traducción que había justo al lado, había sido traducido como: “escarlata”, “encarnado” y “rojo”… 3 términos diferentes cuando Shakespeare había usado sólo uno repetido 🙂

  • ¡Qué bueno!, gracias Diana por tus aportaciones.

  • Marissa Tamayo

    En verdad, y lo digo por experiencia propia, el oficio de traductor es complicado y poco reconocido. Hay que disponer de buenos volúmenes, diccionarios especializados, y tener bastante conocimiento del tema que se está traduciendo, para poder interpretar lo más fielmente lo que el autor quiere decir.

  • Los traductores deben de hacer suyo el texto para poder traducir correctamente, no es suficiente con tener dominio de los dos idiomas. Y qué poquito considerado está el oficio.

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