El matiz de las palabras

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El matiz de las palabras 3Déjate llevar por una palabra y te conducirá por caminos remotos.  

Después de escribir mi anterior post, la palabra persuasión quedó revoloteando en mi cabeza acompañada de su sonido, produciendo en mí una especie de efecto sinestésico, es decir, la atribución de una sensación a un sentido que no le corresponde. Buscando su significado exacto, el diccionario me llevó a otra palabra seducción. Ésta, me cogió suavemente de la mano y ya no me soltó.

Los matices de las palabras son como el color o el perfume que las distingue. Para notarlos hay que degustarlas, saborearlas, y a continuación, dejarlas en libertad.

Al pronunciar persuasión, las letras no salen con tanta facilidad de nuestros labios, como si con ello la palabra nos diera a entender su significado: «tratar de convencer a alguien mediante razonamientos». No basta que tengamos toda la  razón del mundo, este convencimiento genera una resistencia en el otro, por tanto, la persuasión va dirigida a la deducción personal, al intelecto. 

Sin embargo, la seducción sale de nuestros labios sin esfuerzo como una música que llega al oído del otro de manera suave, como algo subliminal, interno e inconsciente. No se dirige a la razón, por lo que no opone resistencia, sino a emociones para despertar sensaciones. 

Y es aquí donde viene a mi memoria una mujer, Scherezade, y la imagino, como a tantos otros narradores orales, empleando esos matices que contienen las palabras para, unidas al sonido de la voz, ahuyentar a la muerte mientras va narrando la historia con que comienza el libro Las mil y una noches.

Entre sus páginas hay mucho menos que mil y un cuentos, pero sí encierra prácticamente toda la literatura conocida que enlazada dio lugar a este libro fundamental.

 No obstante, me gusta también imaginar a Scherezade, como nos la cuenta Nélida Piñón en su libro Voces del desierto, con una educación extraordinaria procurada por su padre, que había puesto a su disposición maestros en todas las ramas, además del conocimiento del pueblo transmitido por su ama Fátima que, tras la muerte de su madre, le enseñó a contar historias.

Seguro que Scherezade utilizó inteligentemente estas dos palabras. Persuadió al monarca, para que dejara de matar, despertando su curiosidad con  los argumentos razonados de sus historias narradas noche tras noche; pero lo sedujo con esas mismas palabras pronunciadas con el sonido que se percibe por los sentidos y termina en los sentimientos.

Como dice  Álex Grijelmo: “lo organizado subyuga, atenaza con sus argumentos; pero seduce lo natural, lo que se liga al ser humano y a su entorno, a sus costumbres, a su historia. La seducción de las palabras, su olor, el aroma que logran despertar aquellas percepciones prehistóricas, reside en los afectos, no en las razones. Ante determinadas palabras (especialmente si son antiguas), los mecanismos internos del ser humano se ponen en marcha con estímulos físicos que desatan el sentimiento de aprecio o rechazo, independientemente de los teoremas falsos o verdaderos”.