El eterno Adán

Fray Luis de León, al regresar a su cátedra universitaria después de una larga ausencia (había estado en prisión por problemas con la Inquisición), inició su clase con la frase «Cómo decíamos ayer».

No he estado en prisión, ni he tenido problemas con tribunal alguno (salvo el que nuestros propios demonios instalan allí, en la parte del fondo y a la izquierda de nuestro cerebro), pero mi ausencia de estas páginas se ha prolongado mucho más allá de lo que yo hubiera deseado -o siquiera imaginado- cuando dejé de publicar mis comentarios hace ya casi dos años.

Pues bien, pasado este paréntesis intentaré reintegrarme a la periódica tarea de comunicarme con mis amigos amantes de la Ciencia Ficción y de la Literatura en general. Espero que con la misma naturalidad de Fray Luis de León.

El pasado sábado 12, en medio de la cumbre de la ONU sobre Cambio Climático, el representante de Tuvalu -una nación de apenas veinticinco kilómetros cuadrados, 11.600 habitantes y poco más de treinta años de antigüedad- logró obtener un nivel de notoriedad completamente desproporcionado con las dimensiones antes indicadas.

Dicho representante, Ian Fry, con lágrimas en los ojos, pidió a los países allí reunidos un compromiso de recorte de emisiones que permita que Tuvalu, cuya máxima altitud sólo alcanza los cinco metros sobre el nivel del mar, no sea engullido por las aguas del Pacífico antes de la mitad de este siglo.

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Julio Verne

La noticia, trajo a mi memoria un relato de Julio Verne muy poco conocido y que no había vuelto a leer desde antes de que Tuvalu se convirtiera en un país independiente. Se trata de El eterno Adán, un cuento no demasiado brillante en su aspecto literario (cómo podríamos decir de toda la obra del, por otra parte, genial escritor francés) y que además sufrió antes de su publicación modificaciones de cierto calibre de la mano de Michel Verne, opaco hijo del visionario autor.

Gracias a Internet (cuya existencia ni Verne pudo anticipar) he podido hacerme con el texto de este relato. En el se narra cómo en un terrible cataclismo todas las tierras emergidas se hunden en el mar acabando de golpe con nuestra civilización -borrando de paso hasta el menor de sus vestigios- y de cómo un puñado de supervivientes permiten que, a pesar de todo, la humanidad tenga un nuevo nacimiento.

Lo interesante de este relato es el pesimismo que rezuma por sus cuatro costados un autor que siempre se nos ha mostrado como el abanderado del optimismo científico. En efecto, no sólo se cuenta como una orgullosa civilización se derrumba en el trascurso de una sola noche (hora de la costa pacífica de México) sin dejar huellas perdurables de su existencia, sino que también presenta un resurgimiento plagado de los mismos errores y los mismos defectos que la versión de la historia humana que conocemos.

Estoy seguro de que el escritor de la película de efectos especiales 2012, que aún se puede encontrar en cartelera y que nada tiene que ver con el libro homónimo publicado hace algo más de un año, leyó en su momento este relato.

El eterno Adán es, además. una obra indudable del género (yo me atrevería a decir más, un ejemplo de la denominada Ciencia Ficción dura). Un argumento definitivo de quienes aún se atreven a decir que Julio Verne no hacía Ciencia Ficción.

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