«El ardor de la sangre» de Iréne Némirovsky: una revelación

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«Bebíamos ponche suave, como en mi juventud, sentados ante el fuego, mis primos Érard, sus hijos y yo. Era un atardecer de otoño, muy rojo sobre las tierras de labor empapadas de lluvia». Así comienza «El ardor de la sangre» de Iréne Némirovsky.

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Después del notable exito de «Suite francesa» hemos descubierto a esta escritora de origen ucraniano y nacionalidad francesa. Su vida es ya un tema de novela: trás una infancia dura, huye con su familia de Rusia y se instala en Francia. Iréne Némirovsky estudia letras en La Sorbona y comienza a escribir a los 18 años. Debido a su origen judío , en 1940 le prohiben seguir publicando, aunque seguirá escribiendo con la estrella amarilla clavada en su ropa. Arrestada por la gendarmería francesa es deportada a Auschwitz donde fallece a consecuencia de tifus. Su marido poco después , muere en la cámara de gas. Serán sus dos hijas, que logran escapar, quienes custodian en una maleta los manuscritos inéditos confiados por su madre. Entre ellos estaba «El ardor de la sangre». Simplemente treinta hojas de líneas apretadas, un manuscrito descubierto en el IMEC y ahora publicado, gracias al trabajo de recuperación de sus biógrafos Olivier Philopponat y Patrick Lienhardt.

«El ardor de la sangre» es una novela intimista. La historia se desarrolla en una tranquila villa francesa que rezuma ambiente provinciano. El libro está escrito en primera persona. La voz de Silvio que, a los sesenta años, contempla desde su rutina el mundo que le rodea, con crudeza y compasión. En este «no pasar nada» un suceso trágico quiebra la tranquilidad. Poco a poco sus personajes: Colette, Francois, Helene, Brigitte, Jean, Marc se ven implicados en un misterio oculto del pasado, de esa «ardorosa juventud», la de la sangre. El ritmo de la narración va creciendo en intensidad, aunque intercala páginas repletas de sosiego que nos dicen mucho acerca de esa mirada de Silvio: «Otra vez el invierno, monótona estación…En ningún sitio es tan cierto como aquí el proverbio oriental que dice que los días se arrastran y los años vuelan. Otra vez la oscuridad, que empieza a las tres, el vuelo de los cuervos, los caminos cubiertos de nieve y en cada casa, aislada de las demás, la vida, que parece encogerse para ofrecer al exterior la menor superficie posible, y las largas horas pasadas frente al fuego, sin hacer nada, sin leer, sin beber, sin siquiera soñar».

La compleja trama acerca de la vida, del amor y de la muerte que envuelve a los protagonistas se observa con lucidez, desde la atalaya de la edad madura, aunque como afirma Silvio «En defintiva, todos nos parecemos, mucho o poco, a las ramas que arden en mi chimenea y se retuercen al antojo de las llamas. Aunque tal vez no debería generalizar: hay gente que es tremendamente sensata a los veinte años. Pero yo prefiero toda mi locura osada a su sabiduría»

Iréne Némirovsky: todo un descubrimiento.