Eclesiastés 1, 2.

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El hombre que casi conoció a Michi Panero se titula una canción del cantautor pop de voz desganada Nacho Vegas. Yo no podría decir lo mismo, por lo menos en lo que se refiere a su hermano, Leopoldo María Panero, ya que a principios de los noventa me lo presentó un amigo poeta, César Cortijo, durante una presentación de un libro de Leopoldo, creo recordar, en El Ateneo de Madrid.

Poco se parecía ya entonces al joven Leopoldo que aparece en la película de Jaime Chávarri. Y no me refiero solo al físico, a que había envejecido, sino también a su manera de hablar y de comportarse. Me pareció un hombre tímido, brillante, educado y muy amable, pero con problemas para relacionarse con su entorno; quiero decir con sus propias circunstancias. Y como dijo el poeta latino Horacio: «Lo que hace falta es tratar de someter a las circunstancias, no someterse a ellas». Si es que el lector de este texto está de acuerdo…

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El Desencanto es un documental muy curioso dado el momento en que está rodado, en 1975, ya que anticipa descarnadamente en lo que se ha convertido la televisión de este país. Es decir, un coto privado de caza, pero un escaparate, para seres vanidosos que se autodestruyen y se insultan y se humillan, para disfrute de un público enfermo y repugnantemente hedonista. Chávarri, a petición parece ser de Michi Panero, propone la idea del film, lo cual ya da una idea de lo que va a suceder después. La verdad es que es una de las películas más obscenas que he visto, y lo peor es que los personajes, que se autointerpretan, no tienen piedad ni de sus cercanos, ni de sí mismos, ni por supuesto del espectador, y encima son gente con cultura y clase, y mucha de ambas .

A veces es difícil seguir el discurso de todo lo que dicen; primero porque el sonido deja que desear y no se me ocurre con qué micrófonos o a qué distancia se pusieron, y segundo porque la propia manera de hablar de Felicidad Blanc, Juan Luis Panero, Leopoldo María Panero o Michi Panero, saturada de engolamiento y siempre como por entredientes, lo dificulta.

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Lo mejor, lo que más me gusta, son las dos taimadas artimañas de Chávarri: no mostrar jamás el rostro ni la figura del patriarca, el poeta falangista Leopoldo Panero, y, reservarse la aparición de Leopoldo María, el más conflictivo, el más admirado ya entonces de todos los hermanos poetas, para la parte final de la película. Si a eso añadimos el recurso de que para la transición entre unas entrevistas y otras, a veces, se hace mezclando los audios de unas con las imágenes de otras, pues todo adquiere una suerte de fluidez magnífica y magnética. Y me gusta, sí, me gusta. 

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