«Dhalgren» de Samuel R. Delany

«herir la ciudad otoñal.

    Aullarlo así para que el mundo le de un nombre.

    La absoluta oscuridad respondió con viento.

    Todo lo que vosotros sabéis lo se yo: tambaleantes astronautas y empleados de banca mirando el reloj antes de la comida; actrices arreglándose el pelo delante de espejos rodeados de luces y operadores de montacargas aplastando pellas de grasa sobre la manija de acero; revueltas estudiantiles; sé que las sombrías mujeres en los sótanos agitaban la cabeza la semana pasada porque en seis meses los precios han subido desorbitadamente; como sabe el café después que lo has mantenido en tu boca, frío, durante todo un minuto.

    Durante todo un minuto permaneció…»

Así comienza «Dhalgren« (Bantam Books, Enero de 1975. Versión en español: «Dhalgren I Prisma, espejo, lentes», Ultramar editores, Ciencia ficción nº 62, Abril de 1988; «Dhalgren II En tiempo de plaga», Ultramar editores, Ciencia ficción nº 63, Mayo de 1988; «Dhalgren III Palimpsesto», Ultramar editores, Ciencia ficción nº 64, Mayo de 1988) de Samuel R. Delany… y así sigue por más de 1100 páginas (en la edición en español, artificialmente dividida en tres volúmenes «…debido a su extensión…«) llenando nuestra imaginación de imágenes crípticas, pero plenas de fuerza y capacidad evocadora.

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Sin lugar a dudas el tono más poético que novelístico del libro le debe mucho a la entonces esposa de Delany, la laureada poetisa Marilyn Hacker. Dhalgren no es un libro fácil, antes bien todo lo contrario. Leerlo requiere disciplina, concentración y tiempo, mucho tiempo. Toda un inversión, sin lugar a dudas, pero con excelente rendimiento.

La acción de Dhalgren se desarrolla en Bellona, una imaginaria ciudad norteamericana que, por razones que el autor no llega a aclarar en ningún momento (ni falta que hace) se encuentra desgajada del espacio-tiempo corriente. En la gran ciudad las normales reglas de la causalidad e incluso la propia racionalidad del universo se encuentran parcialmente derogadas. En tal situación no es de extrañarse que sus habitantes, simples humanos -en la medida en que podemos catalogarnos de simples-, elijan todo tipo de posiciones frente a la vida: desde aquellos que optan por aferrase a una rutina que ha perdido toda su razón de ser hasta los que se catapultan a si mismos a los más desquiciados extremos del vicio o la virtud. Con este telón de fondo el protagonista vive unas experiencias, lee otras e imagina unas terceras, y todas estas situaciones se entrelazan incesantemente haciéndonos perder continuamente los límites entre aquello real y lo que no lo es; aunque, de todas maneras, tampoco es que haya mucha diferencia.

Allá, en la página 1102, podemos leer las últimas líneas: «Estoy demasiado débil para escribir mucho. Pero sigo oyéndolos caminar en los árboles; no hablando. Aguardando aquí, lejos del aterrador armamento, fuera de las grandes salas de vapor y luz, más allá de la holanda y en las colinas, he venido a «. Así, abruptamente, se acaba «Dhalgren»… o no… podemos entonces volver a la primera página, y seguir leyendo: «herir la ciudad otoñal.«, quedar entonces atrapados en una infinita repetición. Aunque no del todo. Al fin de cuentas, como señaló ya hace mucho Heráclito el antiguo pensador griego «nunca entramos dos veces en el mismo río

Samuel R. Delany es un autor de CF que a mi me gusta colocar justo en las antípodas de Asimov. Una obra escasa pero de contundente calidad hacen que su nombre pueda codearse sin ningún rubor entre los grandes del género. «Dhalgren» es su obra más conocida y después de leerla podemos entender perfectamente el porque de los cuatro años que le costó finalizarla.

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