Dersu Uzala: cazador de hombres.

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En una entrevista que Jesús Quintero hizo al filósofo José Antonio Marina, éste le venía a decir que desde que los hombres abandonamos la selva, nos metimos en un proyecto complejo; a veces muy claro, a veces dudoso. Desde luego, películas como Dersu Uzala de Akira Kurosawa, apoyan plenamente esta idea; es decir, que, viéndola, el espectador llega a cuestionarse lo mismo que Marina, si de verdad el propósito civilizador que arrancó en el neolítico tiene, teleológicamente hablando, sentido o no.

Kurosawa buscaba ideas y argumentos para sus espléndidos filmes principalmente en dos frentes. Por un lado en el teatro, los dramas, de William Shakespeare y por otro en la la riquísima literatura clásica rusa. Dersu Uzala consiste en concreto, en una adapatación de un texto homónimo ruso de Vladímir Arséniev.

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Narran, tanto el libro como el film, la relación del autor con Dersu Uzala (1849-1908), un cazador de la tribu china Hezhen, su gran amistad y su afecto mutuo. Pero de fondo, además de unos paidajes desoladores, duros y profundamente bellos, lo que está presente y bien presente es el enorme respeto por los seres humanos y por la naturaleza que tiene Dersu, y la sabiduría con que afronta su vida pese a no ser un hombre ilustrado y civilizado.

El maestro japonés tendía a emplear teleobjetivos en las cámara, para así lograr unos retratos de conjunto muy cuidados y alejar la cámara de los actores, para que no se sintieran intimidados con ellas. De este modo, las interpretaciones resultaban más naturales y el público tenía la sensación de estar contemplando una acción ajena a él. Algo así parecido a como los dioses olímpicos contemplaban las acciones de los héroes griegos desde su posición privilegiada en los cielos. Todo esto, daba, tanto a esta película como a muchas otras de Kurosawa, esa pátina de grandeza aunque la historia se recrease en situaciones o ambientes miserables.

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Director premiado en el mundo occidental, esta película vuelve a ponerlo de actualidad en 1975, consiguiendo un merecido óscar como mejor película extranjera. De justicia era, especialmente si tenemos en cuenta la larga lista de expolios a sus filmes por parte del cine norteamericano. Pero ya digo que, por sí misma, lo merecía. Se trata de un grandioso y emotivo relato, de una belleza áspera y espartana, como solamente son capaces de realizar los grandes del celuloide.

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