De los Lumière a Méliès y los tiempos actuales

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El cine, como cualquier otro arte, se mueve por tendencias. Si nos paramos a observar el tipo de películas que se hacían según las décadas y el momento histórico, veríamos que hay un patrón intangible que marca el estilo de las obras cinematográficas de cada época según los intereses de la industria, las inquietudes de los cineastas y según el tipo de público.

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Si nos remontamos a los orígenes del cine, con el cinematógrafo de los hermanos Lumière, veremos que el primer cine existente no era más que una evolución tecnológica de una fotografía, que a su vez fue una evolución del cuadro pictórico. La captura del movimiento, de la vida tal y como es, dio películas históricas como Salida de la Fábrica Lumière (1895) o La llegada del tren a la estación (1895), que se ofrecían al público como parte integrante de un espectáculo de variedades.

Los Lumière incluso llegaron a rodar las primeras películas con argumento, principalmente esqueches cómicos como El regador regado, quizá la primera película argumental documentada. El caso es que este cine también fue evolucionando, a algunos atrevidos como Murnau se les ocurrió mover la cámara y jugar con el montaje (os recomiendo una perla del expresionismo alemán titulada El Último -1924- ) y de ahí se fue forjando un tipo de cine que podríamos tildar de realista, con el componente creativo focalizado más en el guión y la experimentación con el lenguaje que en la propia técnica cinematográfica.

Por otro lado también estaba Georges Méliès, un mago (literalmente) que vio en el cinematógrafo un mundo de posibilidades para complementar sus trucos y ampliar su espectáculo. No deja de ser curioso que los hermanos Lumière no quisieran venderle su invento porque no querían que hiciera un uso inapropiado de él, ya que el cinematógrafo no tenía que servir para crear ilusiones.

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Méliès, tozudo como él sólo, se fabricó su propio cinematógrafo y empezó a rodar. El cine del mago francés distaba mucho del concepto de cine que los hermanos Lumière tenían en mente, pues la explotación de la técnica y de sus posibilidades era la principal carta que jugaba Méliès, que fue el primero en crear verdaderos sueños para la pantalla, de olvidarse de la naturaleza y construir enormes decorados para contar sus historias como el mítico Viaje a la Luna (1902).

Ahora, más de un siglo más tarde, podemos mirar en perspectiva y ver como el “cine realidad” y el “cine técnico”, aunque evidentemente muy distanciados de aquel cine primitivo, siguen conviviendo y turnándose en las pantallas de todo el mundo. Aunque no tenemos el respaldo de la perspectiva, se puede decir que hoy en día quizá estamos volviendo al cine de Méliès, el de explotación de la técnica, pues estamos en una época en la que el cine de animación se ha convertido en algo más que en cine para niños, en la que los efectos digitales, las superproducciones y el 3D están hasta en la sopa; y en la que James Cameron ha marcado un punto y a parte con Avatar, guste o no.

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No obstante, la oferta es tanta que la convivencia de ambos tipos genéricos de cine no es ni tan siquiera difícil. Sam Mendes sigue trabajando, Polanski crea alguna perla de vez en cuando, Clint Eastwood mantiene vivo el cine clásico y los amantes del cine de vanguardia o de la Nouvelle Vague francesa tendrán que mirar hacia oriente y mirar lo que ofrecen Zang Yimou, el recién galardonado en Cannes Apichatpong Weerasethakul o algunos más pasteleros como Wong Kar-wai o Kim Ki-duk.

La conclusión de esta pequeña reflexión y este repaso, muy a grosso modo, de las dos ramas principales del cine es que no hay un tipo de cine bueno y un tipo de cine malo, pues cada director se centrará en unos aspectos y lo importante es que lo haga bien. Creo que ahora queda muy bien decir que Avatar es una mierda, pero me juego el hígado a que dentro de 5 años nadie se acordará de En Tierra Hostil ni de sus ocho Oscars. No siempre la historia es lo más importante, pues el cine-experiencia es una opción muy válida, ya sea a través del despliegue técnico de James Cameron o de la poesía visual de Tarkovski.

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Para terminar os dejo con una cita, cuanto menos curiosa, del realizador ruso Dziga Vertov (1895-1954), que decía que “el guión es la invención de una historia que parte de una persona o de un grupo de personas. Es una historia que estas personas quieren hacer vivir a otras. No es que nosotros pensemos que dicho deseo es criminal, pero elevar este tipo de trabajo a la categoría de cine, que suplanten las verdaderas películas por estas cine-historias, que se ahoguen las inmensas y maravillosas posibilidades de la cámara en nombre del culto profesado al dios del drama artístico, es esto lo que no podemos comprender y lo que, queda claro, no aceptamos”.