Muchos consideramos a Roman Polanski como el más digno heredero de Hitchcock por su excelente manejo de los tiempos de la película a favor del suspense y por su maestría como narrador en imágenes extremadamente metódico, capaz de hacer que todo lo que está dentro como fuera de plano esté cargado de significado. Sin embargo, su mayor cualidad es la de construir las historias al mismo tiempo que construye los personajes, sometiéndolos a una evolución continua mediante la opresión de un entorno aparentemente inofensivo pero tremendamente hostil que fuerza a los protagonistas a tomar decisiones precipitadas que desembocan en caóticas consecuencias.
En estos términos, Un Dios Salvaje (Carnage) es un título escrito en letras de oro dentro la dilatada filmografía del director polaco porque también es la consecuencia de una evolución, pues su última película es una aproximación mucho más madura y compleja al tema de su opera prima, El Cuchillo en el Agua (1962), en la que también la irrupción de un elemento externo poco a poco pone en relieve las miserias de una relación de pareja aparentemente estable; y con su segundo largometraje Repulsión (1965), que también encerraba a cuatro personajes en un solo escenario.
Polanski regresa a sus orígenes como cineasta pero con el amparo de la experiencia y la clarividencia de aquél que sabe que a sus casi ochenta años, cincuenta de los cuales dirigiendo películas, no tiene nada que demostrar. Quizá por esto Un Dios Salvaje es una película especialmente lúcida y fresca, magistralmente construida porque cada plano supone un ejercicio de meditación, en una fotografía del encuentro y de distancia entre los personajes.
Es especialmente fascinante como el director juega a derrumbar el relato, mostrando la salida constantemente para definir todavía más la habitación como prisión metafórica cuyos barrotes son las imposturas de corrección política y valores occidentales que encierran el lado salvaje del ser humano y castran el libre albedrío. Los cuatro protagonistas, incapaces de escapar, van liberando su Yo más visceral y van siendo despojados de sus virtudes ciudadanas a medida que la crispación va aumentando hasta convertirse en seres débiles y ridículos.
Cuando Luis Buñuel decía que se imaginaba El Ángel Exterminador (id., 1962) de otra forma, quizá vería con buenos ojos Un Dios Salvaje. Ambas se centran en la catástrofe que hunde la sociedad del bienestar dentro de un contexto absurdo, el español escudándose en un misterio sin explicación y el polaco tirando de cinismo, desmarcándose con una sátira endiabladamente divertida y profundamente dramática.