Cuando el comentario sobre una película contiene la coletilla “a la española” entramos en arenas movedizas porque hablamos de un choque cultural que parte de la apropiación de un modelo cinematográfico ajeno y, por tanto, la diferencia entre el éxito y el fracaso de la película en cuestión reside en cómo el director asimila el préstamo estilístico al integrar una historia patria en el modelo narrativo adoptado, como si de un proceso de traducción se tratara.
Carne de Neón (Paco Cabezas, 2011) -una de Guy Ritchie a la española-, Bon Appétit (David Pinillos, 2010) -comedia entre fogones francesa a la española- o El Otro Lado de la Cama (Emilio Martínez-Lázaro, 2002) -comedia musical a la española- son ejemplos de películas que salen favorecidas de la fusión intercultural entre historia y estilo, mientras que otros experimentos como Spanish Movie, Fuga de Cerebros o, ahora, The Pelayos fracasan en su intento de exportación porque se convierten en burdas imitaciones sin alma de unos géneros típicamente norteamericanos.
The Pelayos es un 21 Blackjack a la española, inspirada en la historia real de la familia García-Pelayo que en los 90 ideó un sistema basado en la probabilidad para asaltar legalmente la banca de cualquier casino jugando a la ruleta. Lo que tiene todos los ingredientes de ser un relato interesante, ya sea como epopeya familiar o como thriller matemático, es tratado como un film de estafadores posmoderno con raíces en el Soderbergh de Ocean’s Eleven, lo que sería fantástico si la película hablara de lo mismo.
La forma y el contenido el film van en direcciones opuestas, de modo que todo lo genuino y verdadero que puede contener The Pelayos se hunde en las arenas movedizas de la indefinición. Eduard Cortés vuelve a ser esclavo de su estilo exacerbado como ya le ocurrió en su debut en un largometraje, pero esta vez entiende mal la historia porque su nuevo trabajo no invita a la abstracción como lo hacía Ingrid. El estilo recalcitrante que adopta somete y satura una película a la que no le sienta bien la actualización del contexto ni el excesivo barroquismo visual y escénico que termina por ahogar el potencial del discurso con personajes maniqueos (actores contrastados como Daniel Brühl y Lluís Homar jamás se creen sus personajes), comicidad impostada y una camaradería épica absurda dentro del entorno familiar.