Nos estamos volviendo estúpidos. No logro comprender el porqué de esta obsesión actual por hacer revisiones profanas de los cuentos clásicos para convertirlos en subproductos de entretenimiento cuanto menos dudoso y encima venderlos como “la historia jamás contada”, cuando el único ejercicio que se ha hecho sobre ellos es vaciarlos poniendo la moraleja al descubierto.
Los cuentos clásicos se han convertido prácticamente en relatos universales y, por ende, en textos líquidos con los que uno puede jugar a su antojo para crear historias nuevas a pesar de transcurrir en lugares comunes. En Al azar de Baltasar (Robert Bresson, 1966), por ejemplo, Bresson utilizaba el lenguaje del cuento como herramienta irónica para convertir algo tan absurdo como el periplo de un burro en una película cargada de romanticismo y fantasía; o más recientemente, Shrek se convertía en un elemento intruso dentro de los cuentos de los hermanos Grimm y de H.C. Andersen en una saga de aventuras (sobre todo en las dos primeras partes) en la que los ingredientes conocidos parecían haber madurado con el tiempo y gracias a la fusión posmoderna constituían un relato completamente genuino. Hay otros intentos, menos afortunados, de abordar los cuentos desde una perspectiva más perversa – Los Amantes Criminales (François Ozon, 1998) o Sleeping Beauty (Julia Leigh, 2011) son buenos ejemplos –, pero la tendencia imperante es la castración intelectual de Alicia en el País de las Maravillas (Tim Burton, 2010) o Caperucita Roja (Catherine Hardwicke, 2011).
Blancanieves (Mirror, Mirror) de Tarsem Singh (La Celda, The Fall, Immortals), la primera de las tres versiones que veremos en menos de un año, es un caso particularmente difícil de clasificar porque se encuentra en medio de todo. Por un lado es un entretenimiento familiar olvidable que intenta atacar el cuento de Blancanieves desde una perspectiva irónica muy mal conseguida y desde el punto de vista de la malvada madrastra (Julia Roberts), a pesar de que al final ni siquiera termina siendo así. Sin embargo, por otro lado, Mirror, Mirror hace gala de un trato sutil y exquisito sobre la figura de la princesa, moldeando progresivamente el arquetipo a lo largo del film con una ideología feminista contemporánea y modificando episodios clave del cuento (como el del beso o el de la manzana) convirtiendo a Blancanieves (Lily Collins) en un personaje proactivo para con su destino con resultados realmente lúcidos y meritorios.
Es innegable que el estilo barroco Tarsem Singh y su talento para crear espacios en el terreno de la ensoñación lo hacen ideal para diseñar el escenario del cuento, pero es una pena que el director indio no utilice estos escenarios con voluntad introspectiva con tal de profundizar más en aspectos que quedan cojos, como “el precio de la magia” (un concepto en el que el film insiste bastante sin explotarlo) o el carácter infantiloide de la reina en contraposición al carácter adulto de Blancanieves. En definitiva, hay una falta importante de seriedad y de maduración de las ideas clave que hacen que Blancanieves (Mirror, Mirror) no sea tan buena como podría, aunque tampoco sea tan mala como parece.