El camino en el mundo de la literatura no es fácil. Mucha gente sueña con escribir una novela y convertirse en un autor de éxito, pero muy pocos afortunados consiguen llegar a esta meta. Para ello, es imprescindible ser constante y no decaer a pesar de los primeros fracasos.
Muchos escritores se internaban en el mundo del periodismo y compatibilizaban esa profesión, que les permitía jugar con las palabras, con la escritura creativa en los ratos libres. Muchos de ellos llegaron así a la fama al convertirse en verdaderos maestros que daban prestigio al medio en el que escribían. Así, autores como Lovecraft, Grahan Green o Eduardo Galeano han sido reconocidos en ambos campos por su virtud con las letras.
Las revistas y periódicos servían como trampolín a estos autores, que además de noticias, llegaban a publicar pequeñas historias por entregas al estilo de los folletines clásicos. De esta forma, podían empezar a cumplir su sueño a la vez que se ganaban la vida. Y es que los comienzos nunca fueron fáciles. Y a veces, tampoco los finales.
Que se lo digan a William G. Gold, que se convierte en el ejemplo de la cara amarga de este oficio. Ilusionado por poder publicar algo, ha pasado a la historia por ser, tristemente, el autor con menos éxito de la historia. Durante 18 años se dedicó a escribir esperando que le pagaran por sus textos sin éxito. Al final, sólo logró cobrar 28 peniques. Los recibió en mayo de 1974, por un artículo de encargo en el periódico de Camberra.