‘Bon Appétit’, romanticismo sin edulcorantes

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El subgénero de la tragicomedia entre fogones empieza a ser patrimonio del cine europeo, y más concretamente del alemán. De producciones (o coproducciones) alemanas han salido entrañables películas como Deliciosa Marta, que ya tuvo su remake americano protagonizado por Catherine Zeta Jones, o Soul Kitchen; dos historias de amor y realización personal en la cocina que funcionan de maravilla como historia ligera tan disfrutable como fácil de olvidar.

Bon Appétit, de coproducción española, alemana y suiza; sigue esta línea temática aunque marcando en ella un pico notable, pues esta historia de amigos que se besan es una película mucho más elaborada de lo que aparenta.

El primer largometraje de David Pinillos cuenta una historia de gente joven que busca su lugar en el mundo, disponiendo el punto de partida en Daniel (Unax Ugalde), un chico vasco que se muda a Zurich para trabajar en un restaurante y catapultar su carrera como chef. Allí es donde conoce a Hanna (Nora Tschirner), con quién entabla una relación que cambia la vida y las convicciones de ambos.

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David Pinillos se sirve del cobijo de una ciudad extranjera lejos del hogar para dibujar esta historia de búsqueda personal que parte del huir y empezar de cero que cualquiera anhela en algún momento de su vida para plantear una relación inclasificable entre dos personas que se encuentran en su huida hacia adelante.

Resulta muy interesante el desarrollo del complejo entramado emocional que se establece entre todos los personajes, haciendo hincapié en esta capacidad innata que tenemos las personas de juntarnos con lo que nos resulta dañino, de convertirnos en lo que más odiamos y de tropezar las veces que haga falta con la misma piedra.

En definitiva, una humanización muy bien conseguida tanto por el buen guión como por el encomiable estilo del director a la hora de contar la película, con una escenografía muy potente y llena de significados implícitos. Un trabajo excelente que apuntillan los actores, aguantando una serie de primeros planos desbordantes de intensidad y emoción que acaparan los grandes momentos de la película.

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Lo mejor, no obstante, es que de un modo u otro todos podemos identificarnos con la historia de Bon Appétit. El romanticismo de romper con todo, combinado con el sueño sugerente de encontrar una relación única de amor incondicional, es patrimonio del rincón más íntimo de cualquiera; y esto es lo que sin pretensiones trascendentales ni aditivos edulcorantes cuenta esta deliciosa película que es Bon Appétit.

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