En la última entrada, hablando sobre el Pop Art, veíamos que este movimiento iba en contra del llamado Expresionismo Abstracto, ya que decía que se trataba de un estilo demasiado personal e inaccesible al público. Está claro que la incomprensión de los espectadores hacia la obra de artística es el principal rasgo del arte contemporáneo de nuestros días y, analizando y centrándonos un poco en el Expresionismo Abstracto, entenderemos por qué.
Para situarnos en el estilo, no hay nadie mejor que Jackson Pollock. Su fama otorgada y reconocida hace que no se ponga en duda su condición de artista; sin embargo ¿somos realmente conscientes de donde procede su valor artístico? ¿Llegamos a sentirnos realmente atraídos por sus obras? ¿Intentamos ver en ellas un sentido que no existe?
Poniendo como ejemplo esta obra de Pollock, desarrollaremos las cuestiones planteadas. Para empezar, al expresionismo abstracto, para poder captar su verdadera originalidad, su innovación, lo que le hace diferente, hay observarlo con una perspectiva diferente de la que solemos tener cuando acudimos al museo a observar obras de arte. El museo no es más que el lugar donde se exponen las obras materiales que los artistas han realizado, sin embargo, no siempre en ellas es donde se encuentra el punto artístico que hacen que se valoren como obras de arte. En el caso de las obras de Pollock, el mérito artístico lo encontramos en el propio proceso de realización de una obra; el artista pinta para sí mismo, entra en una especie de trance donde poco a poco va soltando e incluso disparando la pintura contra el lienzo. El elemento que se sitúa en medio de la mano del pintor y la obra es el propio azar. Se concibe así la idea de un artista genio, que en un momento de inspiración suelta lo que lleva dentro como una gran descarga eléctrica. La obra es el propio material, el pigmento en estado puro desparramado, golpeado, mezclado, salpicado… el protagonista final del cuadro. Por todo ello, el expresionismo abstracto es conocido por ser action painting, pintura de acción; el valor artístico está en el proceso, siendo el resultado como el “resto arqueológico” de lo que fue el momento culminante. Por ello, las obras no presentan ningún significado, ni siquiera presentan un título, sólo se enumeran. Así pues, no debemos intentar entender algo que no nos presenta un mensaje, ni debemos otorgar a la nada un significado inexistente. Con las obras de Pollock solo nos queda sumergirnos en el universo pictórico, dejar que los colores nos estimulen los sentidos, seducirnos por alguien que utilizó el azar para plasmar su pasión y su energía dejándonos como resultado la obra de arte.