‘127 Horas’, postales de la supervivencia

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Película tras película, Danny Boyle se consolida como el único director que ha sido capaz de hacer del montaje hip-hop y de la estética pop un estilo propio. Lo vimos en Slumdog Millionaire y se acentúa en 127 Horas, la plasmación en el cine de la historia Aron Ralston, un ingeniero amante de la escalada que quedó atrapado durante este tiempo porque una roca le bloqueó el brazo contra una montaña.

La primera media hora ritmo inalcanzable es lo mejor de la película. La presentación del personaje y la puesta en paisaje son maravillosas y perfectas para el estilo que abandera el realizador británico. La película y el personaje se funden en un solo corazón palpitando a toda castaña durante unos minutos de cine experiencia ejemplar en el que se nos presenta a un hombre que corre dos marchas por encima del resto del mundo, en una metáfora del urbanita que siente una atracción salvaje por una naturaleza de la que no forma parte.

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127 Horas funciona cuando se desarrolla en estos términos frenéticos, en los que la vistosidad de las imágenes y la velocidad endiablada logran transmitir un nivel de abstracción total que nos mete bajo la piel del protagonista. Lamentablemente, Boyle no sabe frenar en el momento en que Ralston queda atrapado y la película se convierte en un órdago de excesos que no acompañan con el debido tono los sucesos que ocurren; en lo que a mi entender es una mala ejecución de la intención valiente de romper los esquemas del docudrama.

Un travelling vertiginoso desde la roca a una botella de Powerade, la visión interna del brazo y, entre otras muchas cosas, la obsesión enfermiza de Danny Boyle de convertir cada imagen en un fondo de pantalla de Windows es pecar de virtuosismo. Por suerte James Franco borda una interpretación completísima, compensando la falta de movimiento con una lección de expresividad facial y llenando el personaje de matices que explotan de forma brillante cuando se entrevista a sí mismo en una de las secuencias más memorables de la película.

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En el fondo el director inglés se ha aferrado a la misma fórmula que le valió para ganar 8 Oscars con Slumdog Millionaire: colorido, energía, un protagonista que cae bien, autosuperación y happy ending; aunque esta vez se le atrapa el brazo con la historia y salen a relucir las carencias de un estilo antaño prometedor, pero que no compensa la tangencialidad con la que Danny Boyle aborda sus historias, y puesto que han pasado 15 años desde Trainspotting, esto ya se asemeja a vivir del cuento.