Vacaciones

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Leo con bastante reserva un artículo del sábado en el diario El País titulado, El estrés de dejar de trabajar; lo subrayo, no tiene desperdicio. Mientras leo pienso “la gente es idiota, ¿o qué?”, hasta que, avanzando en la lectura, llego al término acuñado por una clínica austriaca para tratar a algunos pacientes que padecían una extraña ansiedad: “depresión de la tumbona”.Paro de leer porque me identifico totalmente. Ayer lunes no podía con mi cuerpo y, claro, me atribuyo el término.

Sigo leyendo y para mi sorpresa los especialistas aconsejan: “irse muy lejos” y “desaparecer”.

Aquí ya me da hasta miedo; primero, yo no estaba este fin de semana en el mismo sitio de todos los días, yo estaba en Nápoles y en París al mismo tiempo porque yo, cuando leo “tumbada en mi tumbona de playa de oferta”, voy donde el autor me quiera llevar.

Y segundo, “desaparecer”, aquí comprendí realmente mi estado de ánimo de ayer. Yo había llevado a cabo el intento de Vila-Matas  en su libro Doctor Pasavento. Yo había “desaparecido” y, no con la escritura como él, sino con la lectura de su libro.

Me había colado literalmente entre la rejilla de plástico de mi “tumbona de playa de oferta” calentada por el sol de mediodía.