El terror eterno al mar
El Homo sapiens sapiens, el ser humano tal y como lo conocemos ahora, es un ser que biológicamente hablando no evoluciona des de hace unos 150.000 años a lo sumo, lo que no es mucho comparado con la edad de la Tierra pero que se hace un mundo si nos comparamos nosotros mismos con los primeros de nuestra especie. Me parece interesante comentar esto para hacer una reflexión muy clara y evidente: los instintos y las necesidades primitivas siguen siendo exactamente las mismas, así como nuestros miedos e impulsos más básicos. Hace cien mil años la máxima preocupación de un hombre era protegerse del frío, resguardarse en la noche (el miedo por excelencia a la oscuridad) y no ser devorado por otra criatura salvaje, algo que todavía sigue latente de alguna forma, y si no que se lo pregunten a los niños que quieren dormir con una luz encendida.
Todos estos temores tienen un punto de encuentro común: el mar. El mar tradicionalmente es percibido como un universo aparte y todavía lo sigue siendo por la imposibilidad de acceder a ciertas profundidades y de ver lo que hay en ellas, lo que supone un caramelo para cualquier mente imaginativa que quiera inventar maravillas ocultas entre las aguas más negras y profundas.
Este terror casi hereditario al mar se ha traducido en grandes relatos de índole mitológica que han creado seres monstruosos como el Kraken o Moby Dick, asentados en el imaginario popular antes incluso de su bautismo por culpa de los relatos de pescadores sobre ataques feroces y barcos hundidos. Sin ir más lejos, Moby Dick (Herman Melville, 1851), por encima de cualquier otra cosa es un relato de lucha del hombre contra sus miedos más profundos (concentrados en una ballena blanca asesina e indestructible) y de cómo estos miedos nos pueden hacer perder la razón.
Sea como sea, des de la Revolución Industrial el hombre no ha parado de progresar, hasta el punto de que llevamos más de 30 años en una sociedad del bienestar esclava de la tecnología y de la banalidad, en la que para muchos de nosotros, afortunados, tener un plato en la mesa es nuestra menor preocupación. Los calamares gigantes y las ballenas han dejado de ser un misterio porque existe Wikipedia y no nos pasamos media vida en alta mar porque en 10 horas cruzamos el océano en avión. Ahora, y desde que somos una especie aburguesada, lo que hacemos es trabajar, satisfacer caprichos e irnos a la playa en verano.
Todo este recorrido es importante para entender el poderoso impacto que Tiburón (Jaws. Steven Spielberg, 1975) tuvo en la sociedad setentera y como su onda expansiva sigue golpeando fuerte todavía a día de hoy. Steven Spielberg hace de Tiburón una película de terror moderna porque sabe contextualizar nuestros miedos primitivos en un nuevo concepto de vida naif exento de ellos; una actualización brillante del terror primario que hace que la película se convierta en inmortal y tenga parte de responsabilidad de que todavía hoy los niños hagan el juego de «que viene el tiburón» en el agua y que los adultos tengamos un nudo en el estómago cuando nos bañamos de noche o en aguas oscuras.
La estructura del filme es la clásica de estabilidad, ruptura y vuelta a la estabilidad aunque con una lección aprendida (o con un cambio significativo). Tiburón, siguiendo el patrón de un alto porcentaje de películas de terror, abre de una forma arrolladora con la escena de la “primera muerte”, para después entrar ya en la historia de forma que la realidad existente ya ha sido quebrada por la amenaza externa.
La primera secuencia de Tiburón es especialmente memorable en este sentido y muy inteligente narrativamente hablando, pues la amenaza que nos presenta no es la del tiburón, si no dos fuentes de terror ancestrales: el mar y la oscuridad fundidos en uno solo que devoran (literalmente) a una chica joven que nada desnuda a la luz de la luna en pleno proceso de seducción de su amante (de hecho, la interrupción de las prácticas sexuales o el castigo por llevarlas a cabo es una característica inherente al cine de terror moderno, pues todos recordamos los dos monitores en pleno coito atravesados por una lanza en Viernes 13). Acto seguido conocemos al protagonista, el jefe de policía, la figura protectora por excelencia en las películas americanas, Martin Brody (Roy Scheider) cuyo despertar habitual ya se ve salpicado por la noticia de la desgracia.
A partir de ahí entramos en una fase de la película en la que Steven Spielberg demuestra su talento por la narración cinematográfica, contando una historia basada en el suspense por una amenaza real y en acecho constante, pero que de momento no llegamos a ver. En esta primera mitad del filme, el argumento se desarrolla en un juego de contraposiciones comunidad y anarquía, entre estabilidad y caos. Spielberg dispone un escenario costumbrista y marcadamente naif y en el que todos nos podemos enmarcar, que es testigo presencial de otro suceso dramático demoledor: un niño que está jugando en la playa es engullido por “algo” que sale del mar a pocos metros de la orilla en una escena para el recuerdo (el niño del bañador rojo chapoteando con los pies en el agua sobre su colchoneta amarilla).
En esta escena el director consigue dos cosas: la primera es hacer que la amenaza rompa la frontera de la oscuridad, su hábitat natural, para instalarse en un espacio/tiempo a priori seguro como es el día; y la segunda es gravar en la retina del espectador una serie de códigos visuales que a partir de este momento asociaremos al peligro, como son gente bañándose, alguien flotando en una colchoneta, chapotear en el agua y, sobretodo, la cámara subacuática que en contrapicado apunta directamente a la víctima potencial.
Una vez la realidad conocida se rompe en pedazos entramos de lleno en la primera batalla del jefe Brody, la que tiene que librar contra sí mismo y contra su comunidad. Brody inicia una guerra contra todos en la que él siempre es el perdedor porque está en medio. Por un lado tenemos al alcalde no quiere cerrar las playas para no perder beneficios y por el otro está el pueblo, que culpa al jefe de policía por la inseguridad que viven.
En esta fase Spielberg se sirve de la sencillez semántica para simplificar el mensaje y transmitir la soledad creciente del protagonista a los espectadores. Los secundarios son figuras icónicas que representar un valor o un sentimiento muy básico (el alcalde es la avaricia, la viuda es la desolación, la prensa es catalizadora y acentuadora del drama, etc.) y conducen al jefe Brody hacia su misión final, la batalla del héroe contra el monstruo, su enfrentamiento directo contra el tiburón.
El suceso catalizador que desatará la guerra de Brody contra la bestia es un ataque (en el que vemos por primera vez la cara del tiburón) de ésta que involucra a su propio hijo, que queda en estado de shock a pesar de no salir herido. Una vez rota incluso su propia estructura familiar, Brody se arma de un barco y dos compañeros, dos figuras icónicas más, Hooper (compañero y amigo, el fiel escudero) y Quint (el loco cazador de tiburones), y emprende el viaje definitivo para poner fin a las amenazas y restituir la paz.
Este fase del relato (la segunda hora de la película) es que puede hacer que valoremos Tiburón como una versión moderna de Moby Dick, ya que la historia de lucha contra los miedos más profundos combinada con la venganza son en esencia las mismas, y además focalizadas con un ser marino dotado de una aura demoníaca.
Las diferencias de esta segunda parte final de la película respecto a la primera son evidentes. Se trata de un choque de fuerzas en el territorio de la bestia, ahora los que atacan son los que antes fueron atacados y por primera vez los protagonistas esperan el ataque del tiburón. Spielberg sigue en este periodo un crescendo lento y exasperante de desesperación que empieza tras el primer contacto de los hombres con el tiburón en alta mar, cuando comprueban que el escualo es más fuerte, más grande y más inteligente de lo que podían imaginar, una creación de inferioridad del hombre contra la naturaleza que el jefe Brody resume con la frase, irónica a la postre, “necesitaremos un barco más grande”.
Llegados a este punto es apropiado destacar el excelente trabajo de John Williams en la creación de la banda sonora de la película, tan protagonista y creadora de atmósfera. El motivo musical dominante, y prácticamente exclusivo, durante la primera parte de la película es el que asociamos al tiburón. La partida del barco con los tres tripulantes intrépidos está irónicamente acompañada por una música más bien alegre y positivista que contrasta con la imagen del barco zarpando visto a través de las mandíbulas de un tiburón y, finalmente, la primera parte de la batalla final se funde con un motivo musical más rápido y dominado por los agudos, indicando un cambio de registro de la película del suspense hacia la aventura.
Volviendo al curso de la trama, esta primera lucha contra el tiburón fracasa y le sigue la larguísima escena de la noche, que no hace más que acentuar esta tensión con las historias que cuenta Quint sobre ataques de tiburones hasta que, al salir el sol (otra vez la lucha a plena luz del día), se desarrolla la feroz batalla definitiva, despojada esta vez de música, que tiene su clímax apoteósico en el tiburón postrado sobre la cubierta del barco medio hundido abriendo sus mandíbulas para devorar a los protagonistas.
Una vez Brody ha acabado con el tiburón y nos acercamos a los créditos finales, se produce una de las escenas más inquietantes que recuerdo. Brody y Hooper, ya distendidos y risueños por haber acabado con el escualo gigante, se agarran a unos bidones y a un trozo de madera y se van pataleando en dirección a la costa en un plano general bastante cerrado que de la mitad para abajo es todo mar. Y yo me pregunto, ¿cuántos de nosotros no recordamos inmediatamente la escena en la que el niño de la colchoneta amarilla es devorado por el tiburón?
Con este plano final, Spielberg de una forma muy intencionada nos deja un mal cuerpo que nos recuerda que acabar con el tiburón no significa nada, pues el mar está lleno de ellos. El mar sigue allí y el miedo que le tenemos también, porque jamás será nuestro hábitat natural y no estaremos cien por cien seguros en él. Brody remata este momento diciendo “con razón yo odiaba el mar” y Spielberg borda su película con un cierre simétrico, con la playa tranquila del principio, la que ve quebrada su paz con los restos de una joven y que con una postal cargada de simbolismo despide esta obra maestra diciendo que el mar ha dado una tregua…de momento.
Tiburón ha sido una propuesta de Robledano, a quien agradezco sus comentarios. Me voy apuntando las sugerencias de los demás que habéis ido comentando y valoraré a cuáles se les puede sacar más jugo para futuros posts de «Películas Preferentes». Y al resto os animo a dejar vuestras películas preferentes en los comentarios para dejar la puerta abierta a futuras reseñas. Muchas gracias!