Quince años hacía que se me antojó ver La Torre de los siete Jorobados, el mítico film de Edgar Neville. Ayer, por fin, lo he conseguido. Todo empezó porque en unos saldos de El Corte Inglés de Nuevos Ministerios de Madrid, adquirí una novela del siempre imaginativo y relevante escritor Jesús de Aragón. En el prólogo se contaba como, además de su obra propia, había colaborado en la redacción de la novela La Torre de los siete Jorobados de Emilio Carrere, y que Neville la había convertido en película en 1944.
Edgar Neville pertenece a la injustamente llamada «Otra generación del 27». Se trata de un grupo de escritores, artistas, que, al haber pertenecido al bando nacional, a menudo no se les considera ni se les mide con igual rasero, como se dice popularmente. Esto en realidad es una estupidez enorme, porque todos compartían inquietudes intelectuales y además eran amigos entre ellos, y se apoyaban, independientemente del bando en que se situaran en la Guerra Civil.
De Neville ha quedado para la posteridad una serie de películas magníficas, en géneros muy diversos además. No las citaré, el curioso puede indagar fácilmente cuales son esos títulos, que me reservo para posteriores comentarios, porque, sin ninguna duda, los merecen.
La película que nos ocupa hoy comienza como con despreocupación, parece una sencilla fábula castiza de un Madrid que todavía parece una capital de provincia, y no la capital de todo un país. No obstante, poco a poco el ritmo de la narración se va acelerando y nos vemos atrapados por una historia de misterio y aventuras sorprendente, y además resuelta con gracia e inteligencia. Quizás sea la parte final -esa que firmaría con gusto cualquier director expresionista alemán de principios del siglo XX- la que flojea un poco, ya que esperaba que acabase de un modo menos apresurado.
No quiero reventar el argumento para el que no la haya visto. Pero si quiero destacar una escena muy divertida en que el director se burla de la magia, el mundo de los espíritus y hace aparecer a Napoleón. Este sentido del humor, marca de la casa del cine de Neville, se recibe con una sonrisa de complicidad y demuestra que es posible mezclar géneros cinematográficos, literarios, si se sabe hacer con gusto y elegancia.
A destacar, el trabajo de Antonio Casal, ese galán de la época que siempre mantuvo esa traza cómica en su cara, interpretase lo que interpretase.