La primera es mejor y asusta más. Y esto es lo peor que se puede decir de REC 2 porque, de verdad, es una secuela cojonuda.
Hay que agradecer a Jaume Balagueró y Paco Plaza que no se hayan cebado con el éxito de la primera parte y no se hayan limitado a convertir esta secuela en «lo mismo, pero más». De hecho, han canviado el rollo de peli de zombis y se han centrado en desarrollar la trama de la niña Medeiros que apareció al final de la primera parte y jugando más con el guión que con el susto.
De todos modos, no es el guión ni tampoco las interpretaciones lo que hacen grande la franquicia de REC, sinó la admirable habilidad de sus directores para superarse y elevar la fórmula de la cámara subjetiva a otro nivel. En REC 2, Balagueró y Plaza consiguen salvar las limitaciones del formato y tiran de originalidad para jugar con distintos puntos de vista y introducir la acción simultánea; dándole a la película un cambio de ritmo que le va como agua de mayo.
Además, ofrecen escenas y planos muy trabajados visualmente, que enriquecen una película que a priori no parecía que tuviera que aportar nada nuevo en el aspecto visual.
Ayuda también el hecho que aman el proyecto y se esfuerzan para trabajar lo que tienen entre manos. No intentan ser siempre coherentes ni argumentalmente sólidos, y se toman la película con el punto justo de cachondeo, sin desprestijiarla pero también sin darle el aire trascendental de otras películas del género.
Por todo esto, REC 2 merece ser reconocida y aplaudida: por el entretenimiento que ofrece y por el esfuerzo creativo que hay detrás. Sin duda, esta secuela no es más que un capítulo intermedio que deja las puertas abiertas de par en par que Balagueró y Plaza se pueden sacar de la manga cuando les venga en gana. Y nosotros que la estaremos esperando.