La función de la idea inspiradora, ese algo indeterminado que nos llama la atención y que despierta en nosotros el deseo de crear una historia, es la de poner en marcha la narración y seguir su evolución permitiéndonos descubrir todas sus implicaciones. A medida que la desarrolla, el escritor imagina anécdotas que recrean determinadas situaciones; coloca en ellas a personajes a los que ha dotado de un carácter que considera representativo e imagina sus reacciones. Poco a poco, de episodio en episodio, capítulo a capítulo o párrafo a párrafo, van cambiando diferentes aspectos del personaje hasta que llega un momento en que se produce un cambio completo e irreversible. De esta forma, el mundo ficticio de la narración crece, los distintos acontecimientos se enlazan entre sí y la historia se construye a sí misma, hasta llegar al momento crucial de toda narración: el desenlace, ese cambio último que completa la historia.
Ese desenlace, o clímax narrativo, no es el que el escritor quiera darle, por mucho que haya nacido de su visión del mundo, sino el que está implícito en la historia misma. Es decir, que el significado profundo de una historia no depende de la voluntad del escritor, sino de la propia historia y consiste, sencillamente, en una única frase que describe el cómo y el porqué cambia la vida del personaje central.
Para obtenerla debemos “trabajar hacia atrás”, comparando el final de la narración con el principio. Eso nos permitirá distinguir con claridad los dos componentes esenciales de ese cambio: a) El principal valor literario de la vida del protagonista que ha cambiado de signo a lo largo de la historia; y b) la causa primordial que ha provocado ese cambio de valor. Es decir, valor y causa. En otras palabras, la historia nos dará su propio significado.
Esta frase, que McKee llama la idea controladora, constituye la forma más pura del significado narrativo: condensa la visión de la vida del autor en el mensaje último que transmite a los lectores y permite a éstos asimilarlo a sus vidas. Al contrario que la idea inspiradora, simple detonante de nuestra imaginación al que debemos seguir siempre que contribuya al crecimiento de la historia, pero que más vale abandonar si vemos que ésta, al crecer, se aparta de la premisa original, la idea controladora que conseguimos cuando nuestra narración llega a su desenlace expresa el sentido último de la historia, de ahí que toda la narración esté supeditada a ella y, en adelante, debemos adoptar nuestras decisiones de forma que todos los elementos narrativos utilizados al contar la historia contribuyan a modelarla alrededor de esa idea central.
Ha llegado el momento de examinar todo ese material que tenemos acumulado, descartar todo aquello que no aporte nada a nuestra historia (por mucho que haya párrafos maravillosos) y quedarnos sólo con lo que conduzca a plasmar nuestra idea controladora. Es decir, es hora de dejar de lado la brújula que hasta ahora nos guiaba en la exploración de nuestro mundo interior (la idea inspiradora) y empezar a dibujar el mapa de nuestra historia (estructurar). Sólo si conseguimos que cada frase del diálogo y cada línea de descripción produzcan un cambio en un comportamiento o en una acción, o creen las condiciones que permitan que se produzca dicho cambio, de tal forma que todos esos cambios sumados conduzcan irremediablemente al gran cambio final, podremos estar seguros de que la historia expresará la emoción que queremos sugerir.
Aunque la adopción de un nuevo método de trabajo supone un gran avance, a menudo resulta descorazonadora porque implica que debemos empezar de nuevo. Para entonces, lo normal es haber escrito ya montones de páginas, en las que hemos empleado horas y horas, y ante la vista de tanto material, muchas veces inconexo, el lógico cansancio puede llegar a producirnos una sensación de mareo tal que llegamos a pensar que no somos capaces de hacernos con la historia. Sin embargo, si hemos tenido la voluntad y la constancia de seguirla hasta el final, en cuanto empecemos a hacer el mapa veremos que esto no es así. La historia está ahí. Simplemente, necesitamos ponerla en orden.