«El hombre que plantaba árboles» es el típico libro que pasa desapercibido en las librerías. Relato breve, sencillo pero cuidado en el lenguaje, con leves tintes poéticos. Su autor, Jean Giono, escritor francés, lo escribió con la finalidad de «hacer que la gente amase a los árboles, o, para ser más exacto, hacer que amen el plantar árboles». Historia de la que se sintió orgulloso ya que no le produjo ni un céntimo. Aquí está el fondo de su literatura: en el desinterés y la generosidad.
A lo largo de solo 51 páginas nos habla de un pastor de ovejas, Eleazard Bouffier, que contempla como la tierra se muere por falta de árboles y acomete la paciente tarea de plantar miles a lo largo su vida. Dedica sus años a esta actividad, completamente solo y sin contar con el aplauso de nadie. La Primera Guerra Mundial no es obstáculo para que siga trabajando con esperanza y paciencia.
Afirma el autor «al recordar que un paisaje tan hermoso había brotado de las manos de un solo hombre se dió cuenta que los humanos pueden también crear y no solo destruir».
El relato es una bella apuesta por el respeto y amor a la naturaleza, a la vez que lanza un delicado mensaje contra los que la destruyen. Como ha dicho Giono «Los seres humanos no fueron creados para vivir en túneles de metro y bloques de pisos, pues sus pies ansían andar a zancadas a través de la hierba alta y deslizarse en corrientes de agua. La misión del poeta consiste en recordarnos la belleza; árboles balanceándose en la brisa, pinos crujiendo bajo la nieve en los desfiladeros, caballos salvajes galopando en la espuma del poniente»