El d-efecto Pigmalión

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Se da una curiosa paradoja en mi. Aunque soy músico y aficionado al cine, sin embargo no suele gustarme el cine musical. No obstante hay excepciones y hay películas musicales de las que soy muy devoto, aunque no las voy a citar ahora aquí. No sé por qué hace una semana quise volver a ver My Fair Lady, uno de esos filmes que uno recuerda de siempre en la televisión, vamos, cuando la televisión se esforzaba por programar buen cine en buenos horarios y cine abominable en malos horarios, no como ahora, que es al revés… y la verdad es que a pesar de la ilusión que tenía, revisarla ha resultado harto decepcionante.

El musical tiene su origen en una obra de teatro del premio Nobel irlandés Bernard Shaw que se titula Pigmalión. A su vez, éste escritor tomó el argumento de un pasaje de Las Metamorfosis del poeta romano Ovidio, pero que actualizó a su época (se redactó en 1913) y le sirvió como excusa para varias cosas: para fomentar el estudio y el interés de la lengua inglesa (a través del personaje de Higgings, su alter-ego) y de paso reformar la sociedad con sus ideas intelectualistas y racionalistas; para impulsar un nuevo papel más relevante y significativo de la mujer (Eliza Doolitle) en la sociedad de entonces; para criticar la moral de la sociedad victoriana (Alfred Doolittle); y sobre todo, para ayudar a acabar con la estética romántica, el concepto de amor romántico al uso, y sustituirla por una estética más moderna en gran parte influida por sus ideas socialistas moderadas.

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Pues bien, en la adaptación musical de la obra nada queda de esto, y desde luego mucho menos en la película. De hecho, viéndola de nuevo, tengo la impresión de que justo se hace lo contrario y más bien parece un canto hortera a todo lo que pretendía poner en solfa Shaw. El film es romanticón y cursi a más no poder, los diálogos, incluso los decorados y vestuarios parecen estar diseñados para ensalzar la moral victoriana y su puritanismo e hipocresía, y, por si esto fuera poco traicionan el final original de la obra y acaban uniendo a los protagonistas -un final feliz de algodón de azúcar- del modo más simplón y torpe. Y todo esto, resumido en una «memorable» y concluyente frase del protagonista en que le ordena a Liza que le traiga las zapatillas. La verdad es que sentí una cierta sensación de náusea ante tal gracieta machista, que para colmo es el cierre del film. Pero es que claro, no podía acabar de otro modo cuando ya el título del musical se decidió que fuera My Fair Lady -nótese el posesivo en primer lugar- porque, el que se iba a poner en principio era «Lady Liza», y claro, no podía tolerarse que se presentara en los carteles así: «Rex Harrison en Lady Liza». Demasiado ambiguo para tanto alarde de rancia masculinidad como contiene el texto del musical.

Dejando de lado estos temas, bien podríamos disfrutar del film y del musical sin más ¡de sus ciento setenta minutos! pero es que tampoco hay mucho donde rascar. La partitura, tan memorable según muchos, no ha permanecido en la memoria colectiva de los espectadores. Creo que nadie podría tararear ni una sola melodía si se le preguntase de pronto (y con muchos otros musicales esto no sucede) y lo único que apenas se recuerda es el trabalenguas tontorrón ese de «la lluvia en Sevilla es pura maravilla» (The rain in Spain stays mainly in the plain). Para colmo, Rex Harrison no entona casi y grita las letras como una mona cabreada. Y la voz de las canciones de Audrey Hepburn, encima, ni siquiera las interpreta ella sino una soprano. A lo menos, Audrey está encantadora como siempre…

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Algo que no entiendo es por qué algunos personajes, justo los que más me gustan, desaparecen por la buenas y no se vuelve a saber nada de ellos, cuando han sido parte fundamental de la historia. Por ejemplo el Coronel Hugh Pickering que colabora en la educación de Eliza, o bien Freddy Eynsford-Hill que está enamorado de ella y que en la obra de Shaw se casa con ella por cierto.

Se grabó (gran error a mi juicio) en decorados, lo cual da más sensación todavía de mundo decimonónico apolillado, caduco y de cartón piedra, que, al igual que los viejos musicales americanos, se resiste a desaparecer, o cuando menos a reinventarse, y que en 1963 constituye en realidad un anacronismo.

Por cierto, le concedieron ocho premios óscar: inaudito. Y se dejaron fuera de ellos a lo único que merece la pena del film, es decir, a la siempre adorable Audrey.