Dios en primera plana

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«Me gustaría creer en Dios para darle las gracias, pero yo solo creo en Billy Wilder… así es que, gracias Sr. Wilder». Esto fue lo que dijo Fernando Trueba en 1994 al recibir el oscar por su película Belle epoque. No tengo claro que yo, como Fernando, sea creyente en nada sobrenatural, y desde luego mucho menos abrigo una fe obstinada en ningún hombre, sin embargo, entiendo perfectamente que, para un director de cine, el gran Wilder pueda ser considerado un ser más allá de lo terrenal.

Si hay un director aferrado al texto este era Wilder. No en vano trabajó como guionista en una película que me encanta Ninotchka del siempre genial Ernst Lubitsch, aquella que hizo sonreir por vez primera en pantalla a la bella e hipnotizadora Greta Garbo. Tampoco en vano fue nominado y premiado como guionista por algunos de sus filmes. Y porque daba una gran importancia a lo que se decía y cómo se decía, eligió como fuente principal para esta película, para su guión, una exitosa obra teatral que ya había sido adaptada al cine con anterioridad. Firmada, nada menos que por Ben Hecht, que es poco menos que como decir «guión» en Hollywood: son casi sinónimos. 

Y es que los diálogos de  Primera plana son de una procaz frescura, una afable ligereza, de un dinamismo y soltura, que no dejan apenas respirar al espectador. Hasta tal punto que no existe apenas artificio cinematográfico; no hay una fotografía especialmente brillante, sino más bien sobria; ni por supuesto, efectos especiales que, se reducen en la práctica a las cejas postizas del actor que hace de jefe de policía.

Hay en la película por lo menos cuatro o cinco discursos que describen la vida del periodista con cierta amargura y romanticismo, con amor por la profesión y con tristeza por lo infortunado de la condición del cazador de noticias, del creador de opiniones. Y de esto algo sabían tanto Wilder como Hecht, pues ambos trabajaron como periodistas antes de dedicarse al cine. Viendo este film, uno se da cuenta de que la verdad no existe, de que la verdad es mentira y de que la noticia tiene un valor mayor cuando es más rápida y actual, y, especialmente, cuando pertenece al prestigioso linaje de las primicias informativas. Yo, desde luego, recomendaría a todo aprendiz (o no) de periodista (vamos a mi mismo me la recomiendo otra vez) a verla y degustarla plácidamente recostado en una cómoda butaca, y a hacerse unas cuantas preguntas sobre lo que es la prensa.

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Detecto también una crítica a los poderes políticos y sociales (la enfermiza preocupación por los votos o por condenar las diferencias de opinión) y sobre todo, una mordacidad, una socarronería a la hora de presentarnos -no sin cierto disimulo- la obsesión anti-comunista todavía presente entonces en un amplio sector norteamericano, lo cual se comprende dado que, en 1974, año de producción del largometraje, estamos todavía en los años (finales) de la llamada Guerra Fría: guerra de ideologías económicas, políticas, territoriales.

Curiosamente, hay tantos temas entrecruzados puestos en bandeja, que, lo que menos interesa es el argumento central, que no deja de ser una historia de amor, muy sui generis, pero una banal historia de amor a la postre.

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A destacar, como no podía ser de otro modo, la excelente pareja interpretativa Jack Lemmon/Walter Matthau, un verdadero recital de naturalidad incluso en sus amaneramientos, una auténtica fiesta de credibilidad, de saber hacer. Actores como estos ya se ven pocos… y tan bien dirigidos, con mano maestra y múltiple, mucho menos…

En España está distribuida por Suevia Films.